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Hace
ya tiempo que la música se ha consolidado como la más
popular de las artes. Y a partir del siglo XIX, cuando el ideal romántico
encuentra en ella el medio ideal para canalizarse y la revaloriza
(hasta ese momento se la consideraba tina disciplina de segundo
orden por su incapacidad de representar la realidad), la música
empieza a ganar una multitud de adeptos cada vez más numerosa y
consigue mayor difusión que cualquier otra manifestación estética.
En efecto, la sensibilidad hacia la música se ha extendido
de tal forma que resulta muy extraño (por no decir imposible)
encontrar a alguien que se declare inmune a su encanto. Hay que
reconocer que la extraordinaria polifuncionalidad de este arte mucho
tiene que ver con esto: la música se pude escuchar, cantar o bailar, y sirve
también para acompañar otras actividades. Y si bien es evidente
que no todas las músicas cumplen más de una función (a nadie se
le ocurriría bailar al compás de una obra de Morton Feldman, por
ejemplo) el mercado se ha segmentado tanto que abarca toda la gama
de gustos imaginables.
El cine no ha permanecido ajeno a esta situación, y un buen
número de directores ha dejado constancia de ello en gran cantidad
de películas excelentes. Por otro lado, una banda igualmente
numerosa de oportunistas ha sometido al confiado espectador a metros
y metros de cinta de la más infausta calidad. En este contexto, la
música clásica ha sido siempre fuente de inspiración inagotable
para la imaginación de unos y el bolsillo de otros. Su poder
expresivo, la rica variedad de historias de vida que ofrece el
conjunto de músicos y compositores más conocidos, amén del apoyo
incondicional de los melómanos de todo el mundo, han resultado
factores decisivos para una amplia producción de filmes donde la música
adquiere diversos grados de protagonismo e interés.
La relación entre la música clásica y el cine se ha
presentado así de cuatro maneras distintas: como sustento de
biografías de músicos y compositores, utilizada como música
incidental pero sin relación con la trama, con un criterio de
video-clip o, por último y el más llamativo de los casos, como música
compuesta especialmente para una película. De dicha conjunción
surge un grupo de filmes (unos buenos, otros no tanto) que se han
arriesgado a intentar una correspondencia verdaderamente
significativa entre ambas artes.
Artistas geniales, compositores apócrifos
Las grandes figuras del arte musical han sido objeto de las
más variadas adaptaciones cinematográficas. Se trata de películas
donde suele haber una considerable cantidad de música clásica,
utilizada en forma dramática o naturalista, en estrecha relación
con la trama narrativa. Compositores, instrumentistas, cantantes y
directores de orquesta: personajes y situaciones que sirven de
excusa para pasar un par de horas en la oscuridad de la sala, junto
a esas obras célebres que el aficionado al género aprecia.
Es probable que la película más conocida en esta categoría
(y una de las mejores logradas) sea Amadeus, que cuenta la
historia de la competitiva relación entre Antonio Salicri y
Wolfgang A. Mozart. Dirigida por el realizador checo Milos Forman,
esta cinta de 1984 cosechó un éxito notable entre el público y la
crítica, situación que se vio reflejada en los ocho Oscar de la
Academia que obtuvo. Al margen de su dudoso rigor biográfico,
tantas veces cuestionado, no puede negarse que a partir de este
filme la obra del genio de Salzburgo obtuvo una gran difusión,
especialmente en ámbitos no familiarizados con ella. Bajo la atenta
supervisión de Neville Marriner y John Strauss, Forman logró un
excelente trabajo donde fragmentos de ópera, conciertos y sinfonías
se integran al discurso con naturalidad y armoniosamente,
borroneando los limites entre música naturalista y música dramática.
Algunos momentos son particularmente memorables, como los títulos
de apertura musicalizados con el primer movimiento de la Sinfonía Nº
25, o la escena en que Mozart, postrado y al limite de la muerte, le
dicta a Salieri parte de su Misa de Réquiem: el compositor
italiano hace lo posible por transcribir las ideas del genio que
agoniza, pero no puede ocultar su frustración cuando éstas escapan
a su entendimiento. En esta escena se marca, por otro lado, la
diferencia esencial que hay entre trabajar este tipo de banda sonora
en base a grabaciones o hacerlo con una orquesta real. Tener a la
Academia de St. Martin in the Fields a su disposición le permite a
Forman, por ejemplo, que ciertas partes del Réquiem puedan
escucharse fragmentadas verticalmente; es decir, el coro primero, un
par de instrumentos después, etcétera.
Otros filmes dentro de la categoría son: Amada Inmortal
(1995), infructuoso (y absurdo) intento de Bernard Rosé por cambiar
la consabida imagen célibe de Beethoven por la de un amante
apasionado; Canción inolvidable y Sinfonía Pasional,
la primera de Charles Vidor 41944) y la segunda de Andrej Zulawski
(1995), ambas sobre Chopin y su relación con George Sands; Concierto
para el final del verano, de Frantisek Vlacil (1979), basada en
la vida de DvorAk y Beethoven de Abel Gance, del año 1936.
El controvertido realizador inglés Ken Russel dejó
constancia también de su interés por la música en películas como
La pasión de vivir (polémico filme de 1970 sobre la vida íntima
de Tchaikovsky), Mahler (1973, en una estupenda caracterización
de Robert Powell encarnando al titán), y Liztomania. La música
de Mozart, Verdi, Mahler y Bellini, entre otros, puede hallarse además
en El maestro de música, de Gerard Corbiau (1990), director
asimismo de la más reciente Farinelli.
Los compositores del siglo XX, en cambio, no parecen haber
sido buen material para los cineastas, que dentro de este tiempo se
han inclinado más hacia distintas figuras de la música popular.
Debido acaso a un generalizado desconocimiento del espectador medio
sobre la obra de estos compositores, tal vez por la manifiesta
hostilidad de muchos otros hacia la nueva música, las figuras del
repertorio contemporáneo carecen de biografías en celuloide, al
menos dentro del circuito comercial. No resulta extraño, entonces,
que en los guiones que retratan la vida de un compositor moderno
(siempre personajes ficticios), éste produzca un tipo de música
bastante peculiar.
Así en Bleu (1993), de Krzystof Kieslowsky, la Canción
para la unificación de Europa, compuesta por Zbigniew Preisner, no
es más que un aburrido monumento neoclásico. Y en Querido
maestro (1996), de Stephen Herek, que narra la historia de un
compositor apremiado por dificultades económicas, obligado a
emplearse como profesor de música, la misteriosa "Sinfonía
Americana" resulta ser un híbrido tan espantoso entre Leonard
Bernstein, Jon Bon Jovi y las peores partituras de Michael Kamen
(autor de la música original del filme), que lleva a pensar que el
buen profesor hizo bien en dedicarse a la docencia.
Musicalización absoluta
El antagonismo entre partitura original y música de
archivo, cuando (a diferencia de las películas ya mencionadas) la música
no se halla en relación directa con la trama narrativa, es un
problema que se arrastra desde los comienzos del cine, y lo más
probable es que ya no se resuelva nunca. Un buen número de
realizadores, interesados en experimentar por si mismos con la música,
ha preferido siempre (o cuando ha podido) trabajar con fragmentos
musicales preexistentes. Y así como los nombres de Woody Allen,
Quentin Tarantino o Spike Lee se hallan evidentemente asociados a
este tipo de técnica en el campo de la música popular, el de
Stanley Kubrick pareciera ser el paradigma del director que recurre
al repertorio clásico, tanto tradicional como contemporáneo.
Kubrick ensayó por primera vez este procedimiento en la
mundialmente famosa 2001 Odisea del espacio (1968), pese al
rechazo absoluto de la Metro Golden Mayer, que le exigía utilizar música
original. Basada en la novela homónima de Arthur C. Clarke, 2001
narra en clave nietzscheana la evolución del hombre desde sus más
primitivos orígenes y hasta el alcance de un estadio superior. La
banda sonora contiene fragmentos de Así hablaba Zarathustra
(Richard Strauss), de la suite del ballet Gayaneh (Aran
Khachaturian), de Atmósferas, Lux Aeterna y Réquiem
(Gyórgy Ligeti), y de El Danubio Azul (Johann Strauss).
Este ecléctico cóctel de sonoridades y estilos (uno de los
mayores peligros en estos casos es la falta de coherencia) no
desentona en la manera que cabría esperar, incluso a pesar del
archiconocido vals (demasiado familiar y motor de inevitables
reminiscencias vienesas), utilizado
para acompañar los movimientos casi danzados de una estación
espacial, en una de las musicalizaciones más famosas y discutidas
de la historia del cine.
Todo lo contrario sucede con la música de Ligeti, que si
hoy resulta para muchos desconocida, seguramente lo era todavía más
hace treinta años. De esta manera, funciona como si de música
original se tratase, aunque muchas veces los cortes abruptos a los
que Kubrick
la somete delatan su condición de partitura de archivo. Los
fragmentos de Asi hablaba Zarathustra y Gayaneh son en
este sentido bastante neutros, e incluso es muy probable que la
popularidad cosechada por la introducción del poema sinfónico de
Strauss le deba mucho a esta película.
Kubrick
se decidió por una paleta sonora contemporánea once años después
en El resplandor (1979), adaptación de una novela del
maestro de lo macabro, Stephen King. Obras de Penderecki, Bartók y
Wendy Carlos, entre otros, sirven de marco al desquiciado universo
de un hombre (encarnado por Jack Nicholson) que enloquece poco a
poco en el interior de un hotel dominado por malos espíritus. El
empleo de la música no resulta particularmente llamativo aquí, ya
que cumple una función incidental. Sin embargo, una escena digna de
mención es aquella en la cual Nicholson hace rebotar contra las
paredes una pelota de tenis, musicalizada con el tercer movimiento
de la Música para cuerdas, percusión y celesta de Béla
Bartók: en un magistral detalle, los glissando del timbal
actúan como un eco del rebote de la pelota.
Pero
tal vez el mejor trabajo de Kubrick en este sentido haya sido La
naranja mecánica (1972), sobre un libro de Anthony Burgess, que
incluye música de autores como Beethoven, Rossirn, Purcell y Wendy
Carlos. En cierta manera relacionada narrativamente con la historia
(las peripecias de un pandillero ultraviolento, amante de la obra de
Beethoven e inmerso en un sistema amoral pero represivo), la selección
musical de esta película resulta ser una de las más interesantes
experiencias dentro del campo de la musicalización. Una de las
escenas particularmente memorables del filme retrata el
enfrentamiento entre dos pandillas rivales al compás de la obertura
La gazza ladra. Se trata, ni más ni menos, de uno de
los mejores ejemplos contrapuntísticos entre sonido e imagen, donde
la música cumple la función de transmitir la divertida alegría
que envuelve a los contendientes mientras se destrozan con. palos y
cadenas.
Sinfonías tontas
Ponerle
imágenes a una obra musical no es patrimonio exclusivo del
video-clip, y mucho antes de que éste hiciera su aparición como
tal, ya el cine lo había probado en varias oportunidades. En
algunas de ellas la música simplemente ha inspirado una historia;
en otras, lo visual está absolutamente subordinado a lo auditivo.
Fantasia,
largometraje
de animación de Walt Disney de 1940, es el ejemplo más popular
de la categoría, uno de los más elogiados, pero también
seguramente el más criticado. En esta película obras como la Tocatta
y fuga eh Re menor de Bach, Le consagración de la primavera de
Stravinsky, El Cascanueces de Tchaikovsky, El aprendiz de
mago de Dukas y una noche en el Monte Calvo de Mussorgsky,
son ilustradas por los magos del estudio Disney con éxito
desparejo.
De
esta manera, una grandilocuente versión orquestal de la Tocatta bachiana
recibe un acompañamiento de imágenes de carácter abstracto, un
juego de formas y colores que evolucionan en el tiempo, mientras que
Cascanueces, la Sinfonia Pastoral de Beethooven y la Danza
de las horas de Ponchielli se convierten en ballets
interpretados por hadas, avestruces y centauros.
De
lejos, el mejor pasaje es el que muestra al ratón Mickey devenido
en aprendiz de brujo, luchando contra la escoba que él mismo ha
conjurado y no puede detener, en una magnífica puesta en escena del
poema sinfónico de Paul Dukas. Aunque es muy bueno también el
tratamiento dado a diversos números de La consagración, en
especial la introducción de la segunda parte, que relata la evolución
de la vida en los mares hasta alcanzar la tierra.
Otros
estudios de animación, inspirados en esta película y en una serie
anterior de dibujos de pretensión semejante (las Silly
Symphonies o Sinfonias Tontas), probaron suerte con la
idea y hasta hace no muchos años los resultados podían verse en la
televisión los domingos por la tarde. El más recordado de ellos,
sin embargo, resultó ser tal vez un capítulo de La pantera
rosa, donde un iracundo director de orquesta trata de dirigir la
Quinta Sinfonía de Beethoven siendo continuamente interrumpido por
el personaje de Blake Edwars, empeñado en tocar su propio tema,
compuesto por Henry Mancini.
En
cuanto a los filmes con actores de carne y hueso, el español Carlos
Saura ha dejado un par de ejemplos dignos de ser mencionados: Carmen
(1983) y El amor brujo (1985), esta última también
adaptada por Francisco Rovira Veceta en 1967. Asimismo, dos óperas
de Mozart (La flauta mágica y Don Giovanni) han
sido llevadas a la pantalla grande por Igmar Bergman y Joseph Losey,
respectivamente.
Melodías
en sincro
A
partir de 1925, aproximadamente, compositores prestigiosos de
variada nacionalidad decidieron probar suerte con la música de cine
en busca de nuevas e inexploradas posibilidades. Muy difundida entre
aquellos de tradición neoclásica, esta nueva forma dramática les
permitía además obtener buenos dividendos sin traicionar su estética.
De hecho, muchos de ellos convirtieron luego sus partituras
cinematográficas en obras de concierto, algunas muy populares hoy
en día.
Sergei
Prokofiev, cuya primera banda sonora fue para un filme dirigido por
Alexander Faintsimmer -El teniente Kijé
(1934)-, hizo uno de los más importantes aportes al género
en 1938 con su partitura original para Alexander
Nevsky, de Sergei Eisenstein, de la cual extrajo meses después
su Cantata Op. 78.
Ambos artistas colaboraron de manera muy satisfactoria en esta película,
y en muchas de las escenas Eisenstein elaboró el montaje a partir
de las ideas musicales de Prokofiev.
Para
mezzosoprano, coro mixto y orquesta, la partitura del maestro ruso
está elaborada a partir de un par de temas contrastantes (una melodía
de color popular representa a los rusos y un siniestro grupo de
disonancias a los cruzados que invaden Paskov) y contiene todos
aquellos elementos que hacen identificable su estilo: ritmos audaces
y enérgicos, momentos de refinado lirismo y una notable inclinación
hacia el humor, a veces irónico, otras grotesco.
La
relación entre Eisenstein y Prokofiev continuó en Ivan
el Terrible (1943-45), concebida como una trilogía que
nunca llegó a completarse debido a la presión stalinista. Un número
importante de compositores ingleses trabajó también en el campo de
la música de cine con buenos resultados, como William Walton (Enrique
V,
1944; Hamlet, 1948;
Ricardo
III, 1955), Arthur
Bliss (La conquista del aire, 1938;
Cesar y Cleopatra, 1945),
William Alwyn (Una noche para recordar, 1958;
La familia Robinson, 1960),
Malcom Arnold (El puente sobre el río Kwai, 1957;
Los héroes de Teletnark, 1965)
y Ralph Vaughan Williams (Paralelo 49, 1941;
Scott de la Antbrtida, 1948).
En
otras latitudes, Aram Kachaturian (La batalla
de Stalingrado, 1949; Othelo,
1955),
Aaron Copland (La heredera y The red Pony, ambas
de 1949), Arthur Honegger (Napoleón, 1927;
Los miserables, 1934)
y Dimitri Shostakovich (Hlamlet, 1964;
El
Rey Lear,1970) contribuyeron asimismo al género con
valiosos aportes.
Las
nuevas generaciones de compositores contemporáneos, en cambio, no
se han sentido demasiado atraídas por el cine. A partir del
definitivo afianzamiento de las ideas generadas por la escuela de
Viena (Schónberg, Webern, Berg) y su lógica continuación en el
serialismo integral, sumado a las propuestas aleatorias y
adireccionales de John Cage o de Morton Feldman, las grandes figuras
de la segunda mitad del siglo han preferido, salvo excepciones,
mantenerse a distancia, o bien se han involucrado en proyectos de
carácter muy experimental.
No
obstante, algunos compositores provenientes del minimalismo, como
Philip Glass y Michael Nyman, o proclives al eclecticismo, como John
Corigliano y Toru Takemitsu, han dejado su huella en el reino de las
bandas sonoras. Lanzado a la fama a partir de La lección de piano (Jane
Canipion, 1992), Nyman desarrolló una importante labor trabajando
junto al director inglés Peter Greenaway en la mayoría de sus películas,
y la participación de Glass en los filmes de Godfrey Regio (Koyaanitsqatsi
en 1982 y Powaqqatsi en
1988) es harto conocida.
Por
su lado, Takemitsu ha escrito buena parte de su producción para el
cine japonés (ganó un premio de la crítica cinematográfica de
Los Angeles por su partitura para Ran, de Akira Kurosawa) y Corigliano es
autor de una de las mejores bandas de sonido de los años 80: la de Estados
alterados (Ken Russell, 1981).
En
base a los ejemplos citados y a otros muchos que el lector
seguramente conoce, queda claro que pese al rabioso auge de las
musicalizaciones pop de hoy por hoy, la música clásica en el cine
no ha muerto. Ni lo hará mientras existan melómanos y cineastas,
hombres y mujeres, dispuestos a rendirle tributo.
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