Música y Animación

Un estudio sobre la aplicación de la música original en algunos de los más
famosos largometrajes del cine de animación


Por Mariano J. Sister

 

                   

 

Los inicios: Walt Disney

En primer lugar hay que resaltar la figura de Walt Disney, pionero en el ámbito de  experimentar entre imagen y sonido. Hacia el año 1928, Disney ya gozaba de una merecida fama como dibujante. Sus personajes habían logrado colocarse entre las preferencias del público y en ese mismo año se estrena el primer corto animado que inaugura el período sonoro, Steamboat Willie, que tenía como protagonista al inmortal ratón Mickey (y al que el propio Disney le había puesto su voz).

Viendo las enormes posibilidades expresivas con las que contaba el reciente invento, inicia el desarrollo de las Silly Simphonies (Sinfonías Tontas), una serie de cortometrajes que guardaban una característica muy particular. Las historias de un anarquismo narrativo, se sustentaban en un laborioso entramado musical,  desarrolladas bajo la técnica del mickey-mousing (creación que se atribuye a Carl Stalling, de quien nos ocuparemos más adelante). Durante una visita a Europa en los años '30, Disney asistió a una serie de proyecciones de sus cortometrajes y descubrió que en países de habla no inglesa, la música tenía un enorme poder comunicador. Conforme el protagonismo de la música era más importante, se volvía más comprensible para una platea infantil. Consciente de esto, al regresar a su estudio en Burbank, Walt Disney comienza el diseño de su primer largometraje de dibujos animados Blancanieves y los Siete Enanitos. 

El proyecto requirió la colaboración de compositores provenientes del ámbito de Broadway, como Frank Churchill (autor de las canciones), junto a Leigh Harline y Paul J. Smith (responsables de la partitura musical). El inusitado éxito del filme, provocó que Disney decidiera a editar la banda sonora en formato de disco, conteniendo en su primera edición solamente las canciones.

1940 es el año en que se producen dos acontecimientos importantes en el estudio del Ratón: por primera vez la película Pinocchio se alza con dos premios Oscar en categorías importantes. En primer lugar a la mejor canción “When You Whish Upon a Star” y en un segundo lugar a la mejor partitura, obra de los autores Washington Irving, Lyn Murray y Oliver Wallace. Una tendencia que se irá repitiendo hasta la fecha por parte del estudio.

El siguiente suceso en la historia del estudio, fue la presentación de la película Fantasía, un insólito espectáculo y el vehículo para presentar en sociedad el sonido estéreo. Erigida como una versión erudita de las Silly Simphonies, este arriesgado proyecto tenía como finalidad sustraer la música clásica, confinada exclusivamente a las salas de concierto e introducirla en el cine. Con la ayuda del maestro Leopoldo Stokowski al frente de la Orquesta Sinfónica de Filadelfia, el repertorio incluía piezas de compositores clásicos de diversos períodos que van desde Ludwig Van Beethoven a Franz Schubert, pasando por Amilcare Ponchielli y su “Danza de las Horas”, Modesto Mussorsgky, Paul Dukas y “El Aprendiz de Brujo” - de nuevo con Mickey Mouse como protagonista - e Igor Stravinsky y su “Rito de la Primavera”. Éstas piezas clásicas servían de base a una serie de secuencias animadas, donde se mostraba el alto nivel alcanzado por parte de los artistas del estudio y se consolidaban las bases del Arte Disneyiano, consistente en el virtuoso manejo del ritmo y el movimiento, como así también la perfecta sincronización entre las imágenes y la música.

Pero ni aún la presentación del novedoso sistema sonoro - conocido también como cuadrafónico - evitó que por aquél entonces el filme fracasara estrepitosamente de cara a la crítica y al público. Mucho tiempo después y gracias a numerosas reposiciones, el filme logró recuperar el costo de su producción. La austera respuesta del público a Fantasía, se vio recompensada al año siguiente con Dumbo, y luego con Bambi, donde la música volvía a tener un papel preponderante dentro del desarrollo argumental del filme.

El estilo Warner: Las “Merrie Melodies”

Como en el caso de la gran mayoría de los estudios que se dedicaron a la animación, el interés de los estudios Warner por esta técnica arranca del éxito de los entonces modestos estudios Disney, muy concretamente tras Mickey y la serie de Sinfonías Tontas. Entonces, hacia 1929, en pleno desarrollo del cine sonoro, en Warner se les ocurre la idea no sólo de producir dibujos animados, sino también de  hacerlo como una excusa para probar el sonido y también para volver a emplear las bandas sonoras de otras películas WB. Una jugada maestra que permitiría al estudio una forma de publicidad indirecta de los filmes de largometrajes nada desdeñables.

Como contrapunto al derroche visual, uno de los elementos importantes fue la música. Hoy día, pocos recuerdan el nombre de Carl Stalling, pero lo cierto es que este talentoso compositor fue el pilar fundamental de los estudios Warner. Su música en los cortos animados de WB era tan esencial como lo fue la música de Nino Rota para el cine de Fellini, como la música de Bernard Herrmann para Hitchcock, como John Barry lo era para la saga de James Bond o como Ennio Morriconne con sus “spaghetti-westerns”. A Stalling se le atribuye la paternidad de la técnica musical del mickey-mousing, que consiste en describir musicalmente cada uno de los movimientos realizados por los personajes en pantalla, subrayando las distintas acciones. 

Cuenta la historia, que en plena era del cine silente, Carl Stalling a la edad de cinco años, asiste en compañía de su padre a una proyección de El Gran Robo Del Tren. La proyección era acompañada naturalmente, por un pianista. Esto llamó la atención de Stalling, que al regresar a su casa comenzó a tocar en un piano de juguete. En sus propias palabras: “aquello me conectó con el cine de alguna manera”.

Siete años más tarde conseguiría un puesto fijo como pianista oficial del cine de su ciudad natal, Lexington, en Missouri. En los años ‘20, Stalling ya se encontraba dirigiendo su propia orquesta durante algunas de las proyecciones, pero fue a partir de un encuentro casual con Walt Disney,  que recibe la propuesta de componer la partitura para uno de los cortometrajes protagonizados por Mickey Mouse, quien por aquel entonces solo se había presentado en un par de cortos. Ya en Hollywood, en el nuevo estudio de Disney, Stalling tuvo la idea de dar vida a objetos inanimados, allí nació “La Danza de los Esqueletos”, cortometraje  que inauguraba la serie de las Silly Simphonies. 

Al alejarse de los estudios Disney, Stalling sería contratado por los estudios Warner, donde se quedaría por más de 22 años. Allí desarrollaría el estilo mickey-mousing a lo largo de más de 600 bandas sonoras, donde imprimió su impronta y en las que se detecta su notable noción del tempo. Carl Stalling se retiró en 1958, cinco años antes de su muerte y declaraba lo siguiente: “los dibujos de ahora ya no son como antes.

¿Qué hay de nuevo, viejo?: La crisis de los '70

Durante la década de los ’70, el cine de animación se encontraba en una profunda crisis. El desarrollo de proyectos vinculados a este ámbito eran escaso. Ya en este período los dibujos animados se habían convertido en la atracción principal de las pantallas hogareñas, para los cuales se idearon una serie de dispositivos, con los que se conseguían abaratar los costos y economizar el siempre arduo trabajo de la animación. Para contrarrestar estas  limitaciones, los productores deciden convocar a una serie de compositores considerados “serios”, para crear partituras espectaculares. Algunos de estos compositores eran  Leonard Rosenman, Jerry Goldsmith o Elmer Bernstein.

Para la primera - y fallida - adaptación de la obra de J.R.R. Tolkien El Señor de Los Anillos, llevada a cabo por el realizador Ralh Bakshi en el año 1978, fue asignado Leonard Rosenman, compositor neoyorkino, discípulo de Bartok y Schoenberg. Esta partitura es un claro ejemplo del hacer de un compositor, construida sobre la base de una larga marcha ejecutada por la sección de vientos, de espíritu aventurero, que enlaza directamente con el personaje de Frodo y su misión. Con una gran utilización de  metales para los pasajes dramáticos o de terror y junto a momentos reposados, en donde la sección de las maderas arropan a la partitura de cierto halo lírico, no hay que pasar por alto la inserción de exóticos instrumentos como el “rugido de león” o el “cuerno de carnero”. Pero a pesar del esfuerzo de Rosenman en la cuidada escritura sinfónica en la que se detecta una inusitada progresión melódica, no se pudo eludir el fracaso que significó el filme de cara a la taquilla. Como muy bien explica el propio Leonard Rosenman en el booklet del CD que contiene la banda sonora: “Cuando una película resulta fallida, cualquier cosa relacionada con ella cae en el olvido. Desgraciadamente esto afecta a la banda sonora de gran complejidad y sofisticación”.

Otro compositor de renombre como Elmer Bernstein, también dejaría su impronta en el mundo de la animación. Bernstein ha sido otro de los grandes compositores de música cinematográfica, trabajando en los más diversos géneros y en los cuales ha desplegado un amplio abanico de sonidos y recordadas melodías. Desde uno de los pioneros en introducir el jazz en el cine, pasando por el género bíblico, el melodrama, el western o el cine bélico. Su primera incursión en el campo de la animación fue Heavy Metal (1981), adaptación a la gran pantalla de la famosa revista de europea “Metal Hurlant”. El trabajo de Elmer Bernstein en este film fue monumental. Nuevamente volvía a utilizar una poderosa orquesta, donde había una diversidad de temas en cierta línea épica y dando un gran protagonismo al Ondes Martenot. Pero su cuidada partitura fue eclipsada por un disco que contenía en su totalidad canciones a cargo de bandas de rock y no fue hasta la edición de un copia promocional, que se pudo escuchar la partitura sinfónica del compositor.

Su siguiente encargo fue El Caldero Mágico (1985), un intento de Disney por abordar una platea un poco más juvenil y adulta, basada en los relatos de Lloyd Alexander “Las Crónicas de Prydain”. Éste era el filme más ambicioso del estudio, con un presupuesto millonario en el que una parte era destinada a la elaborada animación - tan característica en el estudio - y otra parte, a los efectos especiales y la utilización del formato de pantalla ancha (ya en desuso a principio de los años ‘70).

Con todo esto, la partitura de Bernstein no debía ser menos que espectacular y para ello contó con un período de planificación de seis meses, algo poco frecuente en las producciones de gran presupuesto. El resultado: una partitura de carácter épico, donde el autor utiliza las grandes masas orquestales, algunas breves intervenciones de su característico Ondes Martenot, que inferían al filme de una poderosa atmósfera opresiva, enlazada a la perfección con esta historia de Espadas y Hechicería. Pero como la música abundaba en pasajes oscuros, esto no convenció al público, que vio en ella un intento de alejarse de los cuentos que tenían como protagonistas a princesas vaporosas y fracasó estrepitosamente en la taquilla, condenando al filme al ostracismo.

Por supuesto, no podemos olvidar los grandes aportes de Henry Mancini, quien con su inmortal tema le diera vida a La Pantera Rosa, un personaje un tanto peculiar, que nació como la apertura del conocido filme de Blake Edwards, pero que se hizo tan famoso, que obtuvo su propia serie animada. El prolífico Mancini elaboró también las bandas de sonido de varios largometrajes animados, entre ellos The Adventures of the Great Mouse Detective (otra de ratones) y Tom & Jerry: La Película (1992). 

El compositor Jerry Goldsmith fue otro de los que no se resistió al amplio nivel expresivo que ofrecía el campo de la animación, aunque su primer trabajo para éste género vendría recién en el año 1982 con The Secret of N.I.M.H., que marcó el debut en la dirección de Don Bluth, un ex-animador de la Disney, dispuesto a ocupar la vacante dejada, tras la desaparición del margo de Burbank.

Esta historia sobre un grupo de ratones de laboratorio que adquirieron poderes fantásticos, le permitiría a Goldsmith crear una partitura fabulosa, dejando asentado una vez más su enorme talento a la hora de describir mundos fantásticos. Su música se divide en momentos descriptivos - con algún homenaje al Prokoviev de “Pedro y el Lobo” - donde los fuertes pasajes orquestales son encargados de  reforzar el costado épico de la historia.

Años más tarde, Jerry Goldsmith volvería a incursionar en el género, con la interesante Mulan (1998), para la cual volvía a trabajar con los grandes conjuntos orquestales, junto a breves intervenciones de texturas electrónicas. La partitura para esta película se dividía entre los pasajes descriptivos y destinados al humor, como la secuencia que tiene su desarrollo en la casa de la casamentera; y entre aquellos unidos a las secuencias de batallas, donde la música adquiere características espectaculares. Como valor agregado, esta banda de sonido tiene una fuerte inspiración oriental, junto a un tema de amor soberbio, que resulta una de las composiciones más inspiradas de Goldsmith.

Más recientemente, tomando la posta dejada por James Newton Howard en 1996 para Space Jam - un relativamente fallido intento de llevar a las criaturas de Warner al cine, acompañando al jugador de basketball Michael Jordan - Jerry Goldsmith volvió a tomas las riendas para musicalizar otra alocada aventura de Conejo Buggs y el Pato Lucas, en Looney Tunes: Back In Action (2003). 

La nueva Edad de Oro: James Horner y Alan Menken

A principio de los años ’80, el cine de animación se encontraba en un letargo. Pero gracias a una serie de nuevos realizadores y su intento por recuperar un arte que se encontraba olvidado, surgieron algunos títulos que poco a poco comenzaron a insuflar nuevas vitaminas. Steven Spielberg, que desde hacía muchos años quería desarrollar un largometraje de animación y destronar el lugar que siempre ostentó Disney, convoca a Don Bluth por el cuidadoso nivel técnico empleado en The Secret Of N.I.M.H. y comienza el desarrollo de An American Tail, (Un Cuento Americano, 1986) sobre la historia de una familia de ratones que se ven forzados a abandonar su país natal Rusia y emigrar a los Estados Unidos (La tierra de las oportunidades). El filme debía ser estrenado para conmemorar los cien años de la construcción de la Estatua de la Libertad.

An American Tail contó con música original de James Horner, un por aquél entonces joven compositor que pertenecía a una nueva escuela de sinfonistas cinematográficos. Su trabajo fue la creación de una partitura con brillantes momentos descriptivos, utilizando una gran orquesta, para la cual había creado una serie de pasajes cómicos, sin dejar de lado momentos de acción y de gran dramatismo, por ejemplo la secuencia final en la que los ratones enfrentan a un grupo de gatos villanos que tiene como fondo un enorme incendio. También otros momentos de gran lirismo, que manifestaban la cuidadosa escritura compositiva de Horner y que aún hoy hacen de esta banda de sonido una de sus obras más inspiradas.

Como era de esperar en este proyecto, las canciones no fueron ajenas y esto permitió que la canción “Somewhere Out There” se convirtiera en un enorme éxito discográfico - fruto de una aceitada operación marketinera, con nominación al Oscar incluida - y su permanencia en los rankings musicales durante varias semanas.

Algunos años más tarde, Spielberg incursiona nuevamente en el campo animado con la secuela An American Tail II: Fievel Goes West (1990), donde vuelve a tener como protagonistas al ratoncito Fievel y su familia, pero esta vez en el Oeste. Repitiendo al mismo compositor, James Horner encontró en esta segunda parte el vehículo que le permitía homenajear al género western a través de composiciones de la talla de Elmer Bernstein o Aaron Copland (padre de la americana). 

Estos primeros éxitos, propiciaron el campo para que el estudio del “otro” Ratón resurgiera e inaugurara una Nueva Edad de Oro. Su primer título en cuestión era La Sirenita (1989). Rápidamente La Sirenita se convirtió en el título más importante del nuevo estudio Disney, gracias a un elevado nivel técnico, pero gracias también al elaborado trabajo que demandó el apartado musical, con la colaboración de dos compositores que habían alcanzado el éxito años antes en las calles de Broadway con la obra La Tiendita del Horror.

El compositor Alan Menken y el letrista - ya fallecido - Howard Ashman, consiguieron que La Sirenita recuperara un estilo de composición de características sinfónicas ya olvidadas. Junto a una interesante utilización de las canciones, la excelente factura del trabajo musical propicia un doble reconocimiento de cara a los Oscars, llevándose la codiciada estatuilla en sus dos categorías, a mejor música y a mejor canción.

Este significativo hecho deparó buenos augurios en el ámbito de la animación y esta excelente racha continuó con su siguiente proyecto La Bella y la Bestia (1991). Una vez más el tándem Menken-Ashman creaba un espectacular trabajo, a la altura de los fantásticos musicales de Broadway. La película fue uno de los éxitos de taquilla de aquel año y se convirtió en el primer filme animado que competía en la categoría de Mejor Película. Las canciones de un alto impacto, consiguieron una vez más alzarse con los premios Oscar por mejor partitura y mejor canción.

Más tarde llegó el turno de Aladdin (1992), este espectacular desborde de imaginación y talento que volvió a alzarse en su doble categoría con los premios Oscar. Pero poco faltó para que la galera de Alan Menken se agotara. Pocahontas (1995), un filme fallido por la historia de una princesa india, en la que Menken presenta una partitura para nada inspirada, aunque tenía como fuente a la música nativa de aquel país. No obstante el pobre desarrollo temático y el poco inspirado desarrollo de las canciones, no fueron una traba para que se alzara con su característico doble premio. A estas alturas y debido a la fuerte presión de los compositores, la Academia de Artes y Ciencias de Hollywood decidió que el premio a la banda sonora del año se viera forzada a dividirse en dos: música de comedia o comedia musical - incluyendo animación - por un lado; y drama, por el otro.

La Revolución de los '90: Hans Zimmer y Danny Elfman

Con las forzadas vacaciones de Menken - aunque se hallaba perpetuando otro latrocinio como el que iba a cometer en 1996 con la adaptación de El Jorobado de Notre Dame - el siguiente éxito de Disney vino de la mano del joven Hans Zimmer, un compositor muy proclive a prescindir de las tradicionales orquestas sinfónicas y preferir los sintetizadores.

El Rey León (1994) se convirtió rápidamente en un éxito arrollador. La historia de Simba - muy inspirada en el Hamlet de Shakeaspeare - posee una partitura sorprendente, vibrante y poderosa, con unas bellísimas referencias a la música africana (obra del artista Lebo M), fue la responsable de que Hans Zimmer se alzara con su primer Oscar, como así también las canciones de Elton John.

El propio Zimmer se vería imposibilitado de componer la música del siguiente éxito de Disney, Tarzan (1998), pero su discípulo Mark Mancina, elaboraría una excelente partitura original, en colaboración con Phil Collins, que se convirtió en uno de los discos mejor vendidos de toda la historia del estudio.

Producida e ideada por Tim Burton, dirigida por Henry Selick y musicalizada por el genial Danny Elfman, en The Nightmare Before Christmas se dejan de lado las almibaradas fantasías navideñas, y se  prefiere vislumbrar los entresijos oscuros del mundo paralelo de Halloween. Este magnífico y corrosivo experimento audiovisual del año 1993, rápidamente se convertiría en objeto de culto, con el que Burton recupera los orígenes donde comenzara su carrera artística: el cine de animación.

La génesis data del período en que Tim Burton trabajaba como animador en el seno de la Disney, allí desarrolla un poema que tenía como protagonista al Rey del Halloween. El modesto presupuesto que exigía el empleo de la antiquísima técnica del stop-motion, no representaba demasiado riesgos comerciales para la factoría Disney, así que Burton inmediatamente que obtuvo la “luz verde”, puso en marcha el proyecto.

En el libro "Conversaciones con Tim Burton" de Mark Sallisbury el autor de Batman y Edward Scissorhands explica que durante la fase de redacción del guión, fue importante el aporte del músico Danny Elfman, enfant terrible de la música cinematográfica. A medida que se redactaba el guión, Elfman se reunía con Burton y le mostraba las canciones y diversas ideas, con lo cual el guión se ajustaba momento a momento sobre la música. Elfman compuso una partitura maravillosa, sin alejarse de la sordidez que siempre lo ha caracterizado.

Y junto a la partitura... un puñado de canciones, que están perfectamente integradas a la trama argumental, tenebrosa pero divertida, alocada pero genial. La música creada por Danny Elfman en The Nightmare Before Christmas es un capítulo totalmente aparte de las dulces cintas de Disney. Oscura y a la vez subyugante, es un prodigio del elevado nivel profesional alcanzado por el joven compositor.

Los nuevos horizontes: De Pixar a Dreamworks

Hacía 1995, Lucasfilm decide abrir una sucursal y funda el estudio Pixar. De allí nace la primera película realizada por computadoras, el filme fue Toy Story y tuvo la colaboración de Randy Newman. Proveniente de una dinastía de importantes músicos de Hollywood, Newman era el sobrino de Alfred Newman, mítico compositor de los estudios Fox y director del departamento musical del mismo estudio, además de ser primo de Thomas Newman. Randy posee un famoso pasado como compositor de canciones pop y por haber compuesto la música para The Natural, uno de sus trabajos más importantes.

Toy Story inauguraba el cine de animación por computadoras con la utilización de una gran orquesta sinfónica. Por eso, las partituras de Randy, son muy descriptivas y como característica propia de todas ellas, están influenciadas por un lado por la americana tradicional, y por otro lado por el tradicional mickey-mousing.

Los siguientes trabajos de Randy Newman incluyen A Bugs Life, Toy Story 2 y Monsters, Inc., y para ésta última el compositor creó una deliciosa partitura, rítmica y contagiosa que destila buen humor y con muchos toques de jazz.

En los últimos años Dreanworks, se ha convertido en uno de los estudios más importantes de Hollywood, con Steven Spielberg (a la cabeza), con Jeffrey Katzenberg (un ex-ejecutivo de la Disney) y con David Geffen (el multimillonario magnate de la industria discográfica), siendo sus creadores. Al ser testigos de la segunda Edad de Oro en la que se encuentra el cine de animación, han dedicado buena parte de sus producciones a este género.

Al frente del departamento musical del estudio se encuentra Hans Zimmer, el prolífico autor de la partitura para El Rey León, hoy convertido en un mecenas que alberga en todos sus proyectos cinematográficos a noveles compositores egresados de su escuela, la Media Ventures y que siempre colaboran en cada uno de sus proyectos... A veces en forma no acreditada.

Salidos del ejército de compositores bajo su supervisión, se encuentran dos nombres que se han convertido en las nuevas promesas: Harry Gregson-Williams y John Powell. Ambos se hicieron a conocer con Antz (1998), estrenada casi al mismo tiempo que la otra película de la competencia, A Bug´s Life. Mucho se dijo acerca de la similitud de ambas películas, pero las diferencias a la hora de abordar la partitura de ambos filmes, ha sido muy diferente. En  Antz, los compositores Gregson-Williams y Powell, creaban una partitura muy descriptiva y de gran diversidad temática, en la que no dudaban en recurrir al repertorio clásico u homenajear a compositores como Danny Elfman. En este trabajo los sintetizadores - siempre aliados en toda producción de los Media Ventures - están a la orden del día y son los responsables de brillar por sobre la orquesta.

Luego de este trabajo, llegó la maravillosa Chicken Run (2000) primera película de la casa Aardman, responsable de la inolvidable saga de “Wallace & Gromit”. Esta vez la dupla musical “homenajeaba” al maestro Elmer Bernstein y su partitura para The Great Escape, un film ambientado en la Segunda Guerra Mundial y que guardaba innumerables referencias con la historia de Chicken Run.

Este nuevo trabajo volvió a marcar un nuevo éxito en la carrera de ambos compositores, que a estas alturas ya recibían el encargo de productores para componer (en forma separada), música para filmes de temática adulta.

Su siguiente trabajo - y el gran espaldarazo taquillero - vino en el año 2001 de la mano de Shrek, una nueva, pero totalmente diferente revisitación de la historia de “La  Bella y la Bestia”, en tono de comedia sarcástica, para la cual los compositores Gregson-Williams y Powell crearon un tema de amor muy reconocible y retentivo, junto a una serie de jugosas referencias de bandas sonoras clásicas. En ésta banda de sonido vuelven a estar presentes los sintetizadores aunque ya empiezan a detectarse ciertos manierismos. Tan grande fue el éxito de Shrek, que ya se puede ver en el cine su segunda parte y se está preparando una tercera.

Luego de Shrek, la dupla se disuelve (por ahora) y es Harry Gregson-Williams el encargado de describir las hazañas del marinero Sinbad. Para  Sinbad: La Leyenda de los Siete Mares, cinta de aventuras, mitos y fantasías alucinógenas, el compositor presenta un apabullante tema central, ejecutado por una orquesta a pleno que nos invita a acompañar al héroe en su odisea. La partitura encierra momentos deliciosos, como el encuentro de Sinbad y las Sirenas, resuelto en la forma compositiva de una habanera, aliado a un exquisito y casi fantasmagórico coro femenino o la subyugante y juguetona melodía dedicada a la diosa Eris. Una partitura de gran sinfonismo, que sorprende por las ingeniosas soluciones musicales, este score ha pasado a convertirse en el trabajo más importante de su autor. -

   

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