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-Se lo suele describir como a un
renacentista. ¿Usted se siente así?
-Creo
que es sólo una inflación de adjetivos. Lo único que pasa es que
me siento cómodo, y no me causa mayor esfuerzo trabajar con
lenguajes musicales muy distintos. Pero es una cuestión de
curiosidad, no de Renacimiento.
-¿Ningún
lenguaje lo incomoda?
-Mi
relación más conflictiva es con el tango. Lo que pasa es que el
primer músico de tango que me atrajo fue Horacio Salgán. Lo vi
tocar y me inhibió, porque me di cuenta de que, aunque yo tocara
cosas dificilísimas de Chopin, nunca iba a poder ser tan bueno como
él. Entonces abandoné. Sin embargo, años después, en París,
Piazzolla me llamó para una grabación. Yo no entendía para qué
me quería a mí, pero él me dijo: "Mi tango tiene swing, y
necesito un músico de jazz que sepa leer música". Así que
fui, y cuando llegué y vi la partitura, no podía creerlo. Era una
mancha negra por la cantidad de notas. Pero igual salió bien.
Finalmente, hice la música para la película "Tango", de
Carlos Saura, y la verdad es que me sentí muy cómodo.
-Después
de tantos años en el escenario, ¿le sigue importando lo que digan
los críticos de usted?
-Rimsky-Korsakov
decía que él era un hombre muy frustrado, no sólo porque ninguno
de sus hijos fue músico, sino porque uno eligió ser crítico
musical. Pero yo me acuerdo que cuando era joven, antes de partir
para París, estudié con Juan Carlos Paz, que era compositor, y
cuando sus piezas se tocaban en el Colón y él recibía críticas
horribles, repetía un proverbio chino: si uno tiene que ir a algún
lado caminando y va a parar cada vez que ladra un perro, nunca va a
llegar ni a la esquina. Desde entonces ésa fue mi actitud. Pero
claro, como en todo, hay distintas clases de críticos. Algunos son
positivos y cuando hacen una observación a veces ayudan al artista
a darse cuenta de qué no debería estar haciendo. Pero otros son
totalmente negativos, no traen ninguna alternativa y se enamoran de
su manejo de la prosa y de lo ingeniosos que son. Convierten, así,
a la crítica en una práctica parasitaria, porque sin el artista o
el concierto no podrían demostrar su pirotecnia verbal.
-¿Cómo
hace para componer? ¿Parte de cero siempre o tiene melodías en la
cabeza listas para encontrar su oportunidad?
-Siempre
parto de cero. Lo otro es trabajo de almacenero, sin menosprecio de
la profesión. Los almaceneros son necesarios, pero yo no lo soy.
-¿Y
nunca tiene el equivalente al trauma de la página en blanco de los
escritores cuando tiene que ponerse a escribir?
-Muy
pocas veces me pasó. Lo que pasa es que, como compositor
profesional, tengo contratos a cumplir. Los contratos tienen fechas.
Cuando estoy bloqueado, vuelvo a mirar la fecha en la que tengo que
entregar la obra y enseguida me pongo a trabajar. El pánico es mi
mayor fuente de inspiración.
-Sus
tres hijos trabajan todos vinculados con las artes; ¿usted les enseñó
música desde pequeños?
-Jamás.
Tuvieron profesores. Es que el arte de enseñar es algo muy distinto
a todo lo demás. Para que se dé una idea, en el Conservatorio de
París dan premios al final de la carrera. Yo los gané todos, el de
composición, el de contrapunto, el de orquestación, el de armonía,
pero no el título docente. Para eso hay otra institución, la Ecole
Normal de Musique, donde enseñan a enseñar, para lo cual se
requiere de una metodología especial y de paciencia. Yo no tengo
ninguna de las dos cosas, ¡imagínese, con chicos propios!
-¿Le
gusta tomar riesgos?
-Siempre.
Pero los que tomo no son siempre musicales. Poco antes del 11 de
septiembre, justo el día después de que Ben Laden sacara el edicto
que impulsaba a matar a cualquier infiel, yo estaba en un avión
rumbo al sultanato de Omán (donde me habían contratado para
componer una obra sinfónica basada en su música tradicional)
haciendo escala en varios países árabes. Por decirlo de algún
modo, yo era el único de descendencia europea de todo el vuelo...;
de alguna manera era una aventura peligrosa.
-¿En
la cabeza le sonaba la música de "Misión imposible"?
-Nooo,
¡en lo único que podía pensar era en cuántas horas faltaban para
que llegáramos! Pero, una vez allí, la experiencia fue
extraordinaria. Zubin Metha fue al secundario en Bombay con el sultán,
que es un hombre cultísimo, y fue él el que me recomendó, porque
sabía que la música de Oman me iba a parecer interesantísima.
Como tuvieron una influencia fuerte en la música de los esclavos
que traían de Africa, el resultado fueron unos ritmos equivalentes
al jazz en Estados Unidos. Compuse la obra y la acabo de grabar con
la Orquesta Sinfónica de Londres bajo el título "Impresiones
sinfónicas de Omán", y, en Blue Note, mucho de lo que toco
usa las escalas de Oriente.
-¿Qué
es de lo mejor que le han dejado sus películas?
-El
karate. Soy cinturón negro. Todo comenzó en 1973, cuando en la
filmación de Operación Dragón conocí a Bruce Lee. La
Warner Brothers me había organizado un almuerzo con él y yo iba
medio desesperado, pensando de qué voy a hablar con éste tipo, no
tenemos nada en común. Pero lo primero que me dijo fue que él había
estudiado los miles de años de una tradición (la de las artes
marciales) para poder romper las reglas, y me sentí inmediatamente
identificado porque yo había hecho lo mismo con la música. Comencé
a estudiar con él y nunca más paré.
-Pero
como pianista, ¿no teme romperse una mano?
-Es
un arte muy pacífico, y lo primero que uno aprende es que la mejor
pelea es la no pelea. Pero sí, una sola vez me lastimé, y por eso
uso protecciones para las lecciones. Además, lo que importa es la
fuerza centrífuga, no la fuerza de la mano, y uno le pega a las
partes blandas del cuerpo. Por eso los que parten ladrillos es puro
show bussiness, ¡no sirve para nada en una calle oscura!
-¿Alguna
otra herencia de sus películas?
-Creo
que no; al menos por ahora, no soy espía ni cowboy.
-¿Le
queda alguna cuenta pendiente?
-Es
un poco como el cuento de Borges "El jardín de senderos que se
bifurcan": uno encuentra el punto en el que los caminos se
separan y tiene que volcarse por uno o por el otro; pero me gustaría
poder volver atrás y, en cada oportunidad que tuve en estos setenta
años, explorar la otra alternativa también.
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