Lalo Schifrin:
setenta años con swing.

Suele ser descripto como un hombre del Renacimiento, por su capacidad de saltar del jazz a la música clásica, de las grandes orquestas a las bandas de sonido como Mannix, Bullitt, Harry el sucio, Tango y Misión imposible.Y tiene dos nuevos proyectos en camino: una gran obra para la Orquesta Sinfónica de Chicago y la banda de sonido para la próxima película de Disney, titulada In the Houze y protagonizada por Steve Martin y Queen Latifah. Fragmentos de una entrevista realizada por Juana Libedinsky para el diario La Nación.


-S
e lo suele describir como a un renacentista. ¿Usted se siente así?

-Creo que es sólo una inflación de adjetivos. Lo único que pasa es que me siento cómodo, y no me causa mayor esfuerzo trabajar con lenguajes musicales muy distintos. Pero es una cuestión de curiosidad, no de Renacimiento.

-¿Ningún lenguaje lo incomoda?

-Mi relación más conflictiva es con el tango. Lo que pasa es que el primer músico de tango que me atrajo fue Horacio Salgán. Lo vi tocar y me inhibió, porque me di cuenta de que, aunque yo tocara cosas dificilísimas de Chopin, nunca iba a poder ser tan bueno como él. Entonces abandoné. Sin embargo, años después, en París, Piazzolla me llamó para una grabación. Yo no entendía para qué me quería a mí, pero él me dijo: "Mi tango tiene swing, y necesito un músico de jazz que sepa leer música". Así que fui, y cuando llegué y vi la partitura, no podía creerlo. Era una mancha negra por la cantidad de notas. Pero igual salió bien. Finalmente, hice la música para la película "Tango", de Carlos Saura, y la verdad es que me sentí muy cómodo.

-Después de tantos años en el escenario, ¿le sigue importando lo que digan los críticos de usted?

-Rimsky-Korsakov decía que él era un hombre muy frustrado, no sólo porque ninguno de sus hijos fue músico, sino porque uno eligió ser crítico musical. Pero yo me acuerdo que cuando era joven, antes de partir para París, estudié con Juan Carlos Paz, que era compositor, y cuando sus piezas se tocaban en el Colón y él recibía críticas horribles, repetía un proverbio chino: si uno tiene que ir a algún lado caminando y va a parar cada vez que ladra un perro, nunca va a llegar ni a la esquina. Desde entonces ésa fue mi actitud. Pero claro, como en todo, hay distintas clases de críticos. Algunos son positivos y cuando hacen una observación a veces ayudan al artista a darse cuenta de qué no debería estar haciendo. Pero otros son totalmente negativos, no traen ninguna alternativa y se enamoran de su manejo de la prosa y de lo ingeniosos que son. Convierten, así, a la crítica en una práctica parasitaria, porque sin el artista o el concierto no podrían demostrar su pirotecnia verbal.

-¿Cómo hace para componer? ¿Parte de cero siempre o tiene melodías en la cabeza listas para encontrar su oportunidad?

-Siempre parto de cero. Lo otro es trabajo de almacenero, sin menosprecio de la profesión. Los almaceneros son necesarios, pero yo no lo soy.

-¿Y nunca tiene el equivalente al trauma de la página en blanco de los escritores cuando tiene que ponerse a escribir?

-Muy pocas veces me pasó. Lo que pasa es que, como compositor profesional, tengo contratos a cumplir. Los contratos tienen fechas. Cuando estoy bloqueado, vuelvo a mirar la fecha en la que tengo que entregar la obra y enseguida me pongo a trabajar. El pánico es mi mayor fuente de inspiración.

-Sus tres hijos trabajan todos vinculados con las artes; ¿usted les enseñó música desde pequeños?

-Jamás. Tuvieron profesores. Es que el arte de enseñar es algo muy distinto a todo lo demás. Para que se dé una idea, en el Conservatorio de París dan premios al final de la carrera. Yo los gané todos, el de composición, el de contrapunto, el de orquestación, el de armonía, pero no el título docente. Para eso hay otra institución, la Ecole Normal de Musique, donde enseñan a enseñar, para lo cual se requiere de una metodología especial y de paciencia. Yo no tengo ninguna de las dos cosas, ¡imagínese, con chicos propios!

-¿Le gusta tomar riesgos?

-Siempre. Pero los que tomo no son siempre musicales. Poco antes del 11 de septiembre, justo el día después de que Ben Laden sacara el edicto que impulsaba a matar a cualquier infiel, yo estaba en un avión rumbo al sultanato de Omán (donde me habían contratado para componer una obra sinfónica basada en su música tradicional) haciendo escala en varios países árabes. Por decirlo de algún modo, yo era el único de descendencia europea de todo el vuelo...; de alguna manera era una aventura peligrosa.

-¿En la cabeza le sonaba la música de "Misión imposible"?

-Nooo, ¡en lo único que podía pensar era en cuántas horas faltaban para que llegáramos! Pero, una vez allí, la experiencia fue extraordinaria. Zubin Metha fue al secundario en Bombay con el sultán, que es un hombre cultísimo, y fue él el que me recomendó, porque sabía que la música de Oman me iba a parecer interesantísima. Como tuvieron una influencia fuerte en la música de los esclavos que traían de Africa, el resultado fueron unos ritmos equivalentes al jazz en Estados Unidos. Compuse la obra y la acabo de grabar con la Orquesta Sinfónica de Londres bajo el título "Impresiones sinfónicas de Omán", y, en Blue Note, mucho de lo que toco usa las escalas de Oriente.

-¿Qué es de lo mejor que le han dejado sus películas?

-El karate. Soy cinturón negro. Todo comenzó en 1973, cuando en la filmación de Operación Dragón conocí a Bruce Lee. La Warner Brothers me había organizado un almuerzo con él y yo iba medio desesperado, pensando de qué voy a hablar con éste tipo, no tenemos nada en común. Pero lo primero que me dijo fue que él había estudiado los miles de años de una tradición (la de las artes marciales) para poder romper las reglas, y me sentí inmediatamente identificado porque yo había hecho lo mismo con la música. Comencé a estudiar con él y nunca más paré.

-Pero como pianista, ¿no teme romperse una mano?

-Es un arte muy pacífico, y lo primero que uno aprende es que la mejor pelea es la no pelea. Pero sí, una sola vez me lastimé, y por eso uso protecciones para las lecciones. Además, lo que importa es la fuerza centrífuga, no la fuerza de la mano, y uno le pega a las partes blandas del cuerpo. Por eso los que parten ladrillos es puro show bussiness, ¡no sirve para nada en una calle oscura!

-¿Alguna otra herencia de sus películas?

-Creo que no; al menos por ahora, no soy espía ni cowboy.

-¿Le queda alguna cuenta pendiente?

-Es un poco como el cuento de Borges "El jardín de senderos que se bifurcan": uno encuentra el punto en el que los caminos se separan y tiene que volcarse por uno o por el otro; pero me gustaría poder volver atrás y, en cada oportunidad que tuve en estos setenta años, explorar la otra alternativa también.

 

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