Músicos en banda

En 1998, Lalo Schifrin visitó Argentina para dar un concierto titulado "Las más bellas músicas de películas". El mismo se llevó a cabo en el Luna Park, y contó con la participación de las sopranos Julia Migenes y Dee Dee Bridgewater. En esa oportunidad, Julia Montesoro realizó para el diario La Nación la siguiente entrevista.

Por Julia Montesoro 

La Nación reunió a Lalo Schifrin con tres compositores argentinos que comparten con él la pasión de escribir para el cine: Martín Bianchedi, Osvaldo Montes e Iván Wyszogrod. Cualquiera de ellos suscribiría aquello de que “detrás de cada gran película hay una gran partitura’ (aunque la frase no nació exactamente así y, en todo caso, ni siquiera haría falta que la película sea buena). Pero al mismo tiempo, saben que para el espectador -y aun para el cinéfilo avezado- son “el que hizo la música de...” o, con mucha suerte, un nombre. Pero pocas veces una cara reconocible. Aunque ésa no sea la finalidad de sus trabajos. La Nación los convocó para conocer los secretos de una actividad en apariencia atada al plano visual, y que es tanto o más rica y creativa que éste.


¿Qué significado tiene hacer música para cine?

Lalo Schifrin: El cine es muy parecido al ilusionismo, a la magia. El director de cine es el prestidigitador. El público va a una sala oscura a creer lo que pasa en la pantalla. Y nadie muere, los actores pretenden morir. Todos son efectos y hay un guión que a veces es como una obra de teatro. El cine usa la cámara para un trabajo visual, que ayuda también a esa hipnosis colectiva. Y la música tiene que formar parte de eso, seducir al público e hipnotizarlo también.

Martín Bianchedi: Por eso la diferencia entre ir al cine y ver una película en la pantalla de un televisor es mitológica. Ir al cine es ir a un templo donde hay un montón de gente redbiendo una información determinada, que la hace vibrar con una naturaleza muy profunda. Estoy de acuerdo con Lalo. La tarea de los músicos es justamente lograr que el pulso del corazón de la persona que está mirando una película comience a latir con una intensidad distinta, como si lográramos expandir su conciencia.


¿Trabajan frecuentemente sobre la música del largometraje antes de que éste se haya filmado?

Osvaldo Montes: Depende mucho de la forma de trabajo del director. Me ha pasado tener que comenzar antes de la película, por lo menos a buscar el tema principal. No siempre es fácil encontrarse con la producción ya terminada. En el fondo todos -compositores, compaginadores, iluminadores-somos un poco artesanos y estamos al servicio del director. La diferencia de hacer música libre -en el sentido de no estar atada a una imagen- es justamente llegar a una fusión, teniendo en cuenta no sólo las ideas del director sino los espacios, el diseño de sonido. Y tratar de acentuar las emociones, más cuando se trabaja en función de reforzar secuencias que a veces tienen dificultad para pasar por si solas.


Tal vez el espectador no imagine qué grande es la diferencia al ver una película sin ese aporte que hacen ustedes, ¿no?

Iván Wyszogrod: Una de las ventajas de hacer música de un film es estar en el cine haciendo la mezcla de éste y ver la cantidad de posibilidades que pueden darse gracias a la tecnología. Todo eso permite no sólo crear una música que acompañe una imagen, sino también climas. En televisión podés crear música y canciones, pero estás limitado a un estéreo y no podés envolver al espectador. Entonces es un desafío más grande crear música para películas, porque hay que pensar en cómo envolver al público.

LS: Volviendo a la cuestión de la magia, yendo a un plano superior del ilusionismo, la música tiene un elemento psicológico. Su aporte al cine es apelar directamente a la psicología del público de una manera subliminal. Porque en general tiene que ser sutil, aunque a veces la música se apodera de todo a propósito.


¿La forma de trabajar en cada país condiciona el proceso creativo de ustedes?

OM:   Creo que sí. Evidentemente existe esta diferencia de idiosincrasia entre la música o el tipo de cine hollywoodense o el europeo...

LS.:   Lo que hacemos nosotros sigue siendo arte, pero formamos parte de una fábrica que trabaja en secuencia, como Hollywood.

OM.: Exacto. El advenimiento en nuestro país de las máquinas -que utilizo para poder trabajar y considero un elemento fundamental- tiene sus pros y sus contras. Y esto ya tiene que ver con el dinero y el tiempo que se dispone para la música.

IW: En una película norteamericana, ves en el rubro de música el nombre de una persona, pero luego aparece una lista interminable de gente que también trabajó con ella. En cambio, aquí tenés que saber manejar todo y además componer.

OM:  Incluso ser tu propio productor.

IW: Estás componiendo y tenés que empezar a trabajar con una maquinaria infernal que te saca tiempo. Comenzás a pensar en un cable que anda mal y no en el que seria tu trabajo específico.

MB:  Seria buenísimo dedicarse a componer y tener un equipo al lado para redondear todo.

LS:    Si, eso facilita mucho. En Flollywood tenés el compaginador musical. Además él corta luego la música en la película. Es el editor de la música. En cuestión de orquestación, lo hago bastante rápido, pero a veces cuando le dan a uno cuatro semanas para trabajar, descubrir una manera tiene sus dificultades. Mis orquestadores son una especie de copistas glorificados. Porque lo único que tienen que hacer es trasponer todo eso a los sentimientos. En ‘Tango’ hice toda la orquestación. Depende de la película.

OM:  Maestro, quisiera hacer una pregunta...

LS:  Maestro no, decime Lalo.

OM:  Dado que el método de trabajo es distinto, ¿cómo hacés cuando te encargan la música de una película? Trabajás con tu piano y partituras y llegás al final de la grabación, entonces, ¿hay demos de esa música?, ¿cómo la escucha el director?

LS: Tiene que venir a la grabación.

OM: ¿Y el tema principal?

LS.: A veces lo toco. Cuando se requiere de una orquesta sinfónica, la contrato. En “Tango” hay una secuencia, la de la represión, que hice con la filarmónica de Buenos Aires, sin bandoneón. Lo hicimos en el Auditorio Belgrano. Y la producción le pagó eso a la orquesta por separado.

MB:  Yo grabé con la filarmónica la música de “Facundo, la sombra del tigre”. Fue tan conmovedor como difícil. No tenemos muchas oportunidades de realizar esto. Me tocó trabajar con ellos dos días antes de que salieran de vacaciones. Entonces vinieron en bermudas (sonríe) y ya estaban pensando en la playa o en las sierras. Me costó lograr con tanta gente lo que uno puede conseguir con dos o tres músicos, seducirlos a partir de la música para que esté en función de la película.

LS:  Ahí el músico se convierte en un intérprete. Y la función del director es conseguir una buena interpretación. Porque si no puede ser algo frío, notas escritas que no tienen alma.

MB.: Además el director de la orquesta no veía imágenes, no tenía delante de él la película.

LS.:   En Hollywood se trabaja con las imágenes de la pelicula. En Italia también. Cuando trabajé en Francia, en el estudio no tenían pantallas, pero utilizaban monitores de televisión.


Si al director no le gusta o no entiende lo que ustedes proponen musicalmente, ¿cómo se resuelve esto?

MB:  Es como en una relación de pareja, hay que encontrar el código. Ahora estoy haciendo un film que dirige Roberto Maiocco, “Sólo gente”. Yo le tiré una idea muy loca, que se me ocurrió al ver imágenes: no trabajar sobre el acompañamiento de las situaciones, sino buscar el contenido subliminal de lo que este hombre quiso contar con la película, que tiene que ver con algo decididamente místico. Porque se trata de un médico que salva a un paciente que está en estado de coma, hablándole al oído y poniéndole música. Cuando le dije al director que me gustaría trabajar una música que hable del alma, no del cuerpo y de las camillas, le mostré una faceta que no había visto en su película y le pareció excelente. Trato de ir buscando y adaptarme a lo que el director soñó, porque ése es nuestro trabajo. Si no, salgo a tocar en un pub a la noche. Me pasó con ‘El juguete rabioso” que, después de haber leído la novela, vibré una cosa distinta de lo que este director (Javier Torre) creía de su personaje. Leí primero el libro y eso es otra historia.

LS:  La novela es muy buena. ¿La película salió bien?

MB.: Y, la película es otra cosa...

IW.: Trabajando con Leonardo Favio para “Gatica, el mono”, me la pasaba con él escuchando música constantemente, tratando de entender qué quería, qué climas estaba buscando. Leía cosas que él había leído. En ese aspecto, intento acercarme mucho al director y al compaginador, que juega un papel importantísimo, porque conoce la película de memoria. También tuve que trabajar para España con “Territorio comanche”, de Gerardo Herrero, y para México con Gabriel Retes en “Un dulce olor a muerte”. En ambos casos no estaba con ellos, mandaban las imágenes y decían qué querían. Les envié la música, pero no era lo que esperaban. Esas cosas pasan porque se trata de otro país y de una cultura distinta.

LS: Además es muy difícil la comunicación. Si hubieras podido estar allí...

IW: Exactamente. Por lo menos una semana, para poder entender qué querían.


¿Hay una melodía de alguna película que a cada uno le guste especialmente?

OM:  El tema principal de “La misión”, de Ennio Morricone, me gusta mucho.

IW: La música de “El padrino”.

MB:Yo dividiría en rubros. Bernard Herrmann dentro del suspenso es un clásico. Y Nino Rota con la música de “Amarcord” logró algo maravilloso. Y desde luego, hay muchas cosas de Lalo inolvidables.

L.S.:  La música que voy a hacer en el Luna Park está dedicada a la historia del cine. En este espectáculo hay muy poca música mía, pero en esa selección están mis melodías preferidas. Están Nino Rota, Morricone, Burt Bacharach, Henry Mancini, Max Steiner, John Williams. Y tuve que dejar algunas cosas de lado porque el concierto tiene que terminar a cierta hora (ríe).

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