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La música de cine en Argentina: una entrevista a Luis María Serra. - Por Fernando Pereyra |
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**Nacido en Lanús en 1942, Luis María Serra lleva casi treinta años componiendo música de cine en nuestro país. Entre las películas más famosas en que colaboró pueden mencionarse Juan Moreira (L.Favio, 1972), La Mary (D.Tinayre, 1974), La república perdida(M.Perez, 1983), Camila (M.Luisa Bemberg, 1984), Los chicos de la guerra (B.Kamin, 1984), La nave de los locos (R.Wilicher, 1994) y Casas de fuego (J.B. Stagnaro, 1995). Compuso además numerosas obras de concierto (instrumentales, corales y electroacústicas) y obtuvo varios premios a nivel nacional e internacional. En esta entrevista nos habla de cine, de música y de su experiencia como compositor de bandas sonoras.
- Argentina es un país que no tiene muy desarrollada su industria cinematográfica, y donde los presupuestos que se manejan son ínfimos si se hace una comparación a nivel internacional. ¿Cómo se reflejan tales circunstancias en la composición de música de cine? Se trata de un problema con varias aristas: aristas económicas, técnicas... En Estados Unidos, por ejemplo, todas las orquestas son de un gran nivel e incluso hay orquestas que se especializan en grabar para películas. Acá, un trabajo que con la Camerata Bariloche se grabaría en una hora, con otra orquesta te lleva tres y encima no sale bien. El micrófono es un microscopio: no te podés equivocar. A lo mejor te tocan dieciséis violines de los cuales dos son excelentes, seis son muy buenos, hay cinco regulares y tres bastante malos. Eso puede estar bien para un concierto, que aunque no sean geniales todos, bueno, culturalmente es un aporte. Pero para una grabación no sirve. Y ojo que esto no solamente les pasa a los que hacen música de cine: quienes trabajan en música "seria", en cualquier tipo de música, sufren lo mismo. Otras veces pasa que un trabajo se prepara para una sala con determinadas características técnicas, y resulta que se estrena en una que no las tiene. En un película que hicimos con Pablo Torre se había buscado un efecto donde la orquesta salía en estéreo y el piano por el parlante de atrás. Menos mal que se nos ocurrió hacerlo solamente en los títulos, porque el cine no estaba preparado para esa mezcla y entonces el piano no se oyó nunca.
- Seguramente habrá cosas que por su mismo costo son de muy difícil realización... Por supuesto. Sin ir más lejos, hoy en día trabajar con una orquesta sinfónica es prácticamente imposible. A veces, la formación ideal que la obra necesita es de cincuenta, o como mínimo treinta integrantes, y hay que conformarse con dieciocho. Y tampoco es cuestión de que las cuerdas vuelvan a tocar encima para parecer más, porque hay que pagar de nuevo y el productor no tiene plata para hacerlo. Entonces trabajás con dieciocho personas que por ahí tocan muy bien, pero que siguen siendo dieciocho. Eso en las cuerdas se nota mucho, porque uno está acostumbrado a escuchar un grupo potente. Por eso uno trata de conseguir los mejores aparatos que imiten los timbres de la orquesta. Lo que pasa es que con el sintetizador vos podés hacer una masa, un solo de violín suena mal. Metidos dentro de una orquesta, una flauta o un clarinete pueden imitarse; un piano ni hablar. Pero hay escollos que con las máquinas no se pueden resolver. En Fuga de crerebros, para poner un caso, trabajé con varios músicos solistas. Pero el tema principal es un fragmento de Thaïs, de Massenet, que tiene cornos, flautas, clarinete, fagot, arpa, timbales... incluso un coro. ¿Y eso como lo hacés; como lo pagás...? La solución fue comprar el disco. Pero después, al hacer el pase de video a 35mm, se produjo un desfasaje y la versión con la que se había hecho el montaje original ya no servía. Hubo que hacer otra siguiendo los nuevos tiempos, donde te diría que el sesenta, el ochenta por ciento de lo que suena son aparatos. Quedó una versión muy linda, quedó muy bien. O al menos quedó bien para la película, pero no se si daría como para grabar un compacto.
- Eso nos lleva al problema de los soundtracks locales: en muchos el material que se consigue deja bastante que desear. Eso está relacionado con la edición de los trabajos, y para variar el factor económico es decisivo. En Estados Unidos el editor se ocupa de poner la plata y controlar que, si la obra se difunde o se toca en Inglaterra, en Francia o en China, se hagan los depósitos correspondientes. El compositor no se preocupa de eso, el compositor cobra. Esto hace que la música en las películas extranjeras sea un detalle muy cuidado, y que no sólo esté el dinero para el producto que se va a utilizar junto con la imagen, sino también para hacer las mezclas para el producto discográfico que va a estar en la calle. Acá de eso nadie se ocupa a nadie le interesa. Y no pasa sólo con la música de cine: tampoco se le da importancia a la obra de compositores argentinos fundamentales como Ginastera, Caamaño, Gianeo... Puede ser que de vez en cuando aparezca algo, como la serie Panorama de la música Argentina e que hizo Cosentino. Pero estamos hablando de siete minutos para cada compositor, y la posibilidad de un disco por cada uno es impensable. Pero no es un problema artístico, sino económico.
- En lo que se refiere a la música de cine esto es un problema serio: se supone que antes de editarse el soundtrack una partitura debiera ser revisada para lograr la mayor independencia de las imágenes. Eso acá no existe. ¿A quien no le gustaría poder hacer todas las correcciones necesarias? Esa pieza de un miuto y medio alargarla y llevarla a tres; aquel otro clima enriquecerlo para que no parezca tan de fondo, y aquel pedacito de un tango que en la película duraba 40 segundos desarrollarlo, redondear la idea, terminarlo. Yo tengo las cintas completas de casi todas las bandas sonoras que grabé. ¿Pero a quien le puede interesar? A veces son grabaciones hechas solamente para la película, y que por ahí no tienen el rigor que debieran tener para editarse en disco. Porque en la película están los ruidos, los diálogos, pero vos después eso lo ponés en un compact y resulta que la música tiene que ir al frente. Sus ojos se cerraron, por ejemplo, se editó en España. Es una banda sonora que tiene muchas canciones, interpretadas por un cantante chileno que se llama Rafael Rojas y que canta igual a Gardel. Pero ahí hubo un trabajo que no es el habitual: se trata de una película que está basada en temas musicales, donde la música juega un papel importante. Entonces tenés la posibilidad de que esos señores canten y de que haya músicos que los acompañen, casi como en un musical. En este caso hubo también más interés en que el material sea con músicos en vivo, porque es muy difícil imitar guitarras o un bandoneón con sintetizadores. Y, por supuesto, estuvo el dinero para poder hacerlo. |
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- Un tema recurrente en lo que hace a la composición de música para cine es el cortocircuito que muchas veces se produce entre el director de la película y el compositor. ¿Cuál es tu experiencia en este sentido? En el cine se trabaja en equipo. A veces uno hace su parte lo mejor posible, entrega el material y en una de esas se va de vacaciones y el equipo decide. Y el equipo no siempre tiene el criterio que tiene el compositor, que por algo se pasó la vida estudiando música. Por ejemplo: uno entrega la mezcla del tema principal (que te llevo como mínimo tres o cuatro horas) grabada en dos canales, y después en otros seis los instrumentos por separado. Esto es para que si se quiere que algo salga por aquí o por allá se pueda hacer. Pero que ocurre: nunca se toman el tiempo que tardó uno en hacer el estéreo correcto, porque tienen veintisiete cosas más sobre las que estar encima, y además porque deben terminar lo más rápido posible. Y como ellos no tienen ni los conocimientos ni el oído como para que esa música sea tal cual uno la pensó, el resultado suele ser bastante pobre. Y también es cierto que la mayoría de los directores argentinos provienen de una escuela realista. Todos los efectos y todos los ruidos tienen que estar, y a veces hay dos personajes hablando en una bar y escuchás que el mozo pide un café, escuchás al tipo que lava las copas, los camiones que pasan por la calle... Y ojo, que no es siempre el mismo camión. ¡Como van a pasar cinco Mercedes juntos! No: a veces será un Fiat, otra un Ford..., y claro, "el café está al lado de una ruta", te dicen. ¿Y a mí qué me importa en ese momento que esté al lado de una ruta, qué me importa que un tipo salga del baño y tire la cadena, si ya se ve que es un bar?. A mí me interesa lo que dicen los personajes, lo que les pasa. Si yo estoy hablando con vos no escucho los autos que pasan por la calle, a menos que sean tan fuertes que tenga que gritar.
- ¿Nunca se te ocurrió probar suerte como músico de cine en el exterior? Mirá, para hacer eso hay que tener la determinación de decir: "Bueno, me voy del país y si no vuelvo más no me importa". No es tan fácil. Yo estudié dos años es París, voy regularmente a Europa, pero quiero vivir acá y que mis hijos que se críen acá. Y la cuestión no es solamente irse, porque una vez que estás allá tenés que tener el talento y la suerte como para poder sobrevivir, y entre otras cosas saber venderte. En Estados Unidos está lleno de tipos que nacieron, se criaron, estudiaron allá y mal que mal algo hicieron. Capaz que pasaron por Berckley o por Julliard y los profesores los conocen y los llaman para esto o para lo otro. Vos llegás y es como si hubieras nacido ayer, tengas la formación que tengas. A menos que conozcan tu trayectoria, que sepan que trabajaste en películas importantes y justo estén buscando a alguien con otra mentalidad. Pero entonces te llaman ya hecho. Y por otro lado está lo que te decía antes, el tema del desarraigo. En fin: el asunto pasa por la escala de valores que uno tenga, que a lo mejor te hace decidir por cosas que, si bien no son las mejores del mundo, al menos te permiten vivir tranquilo con vos mismo y trabajar en lo que te gusta.
- ¿Se puede vivir de la música de cine en Argentina? Solamente de la música de cine no, hay que hacer otras cosas. Música de teatro, música para televisión, arreglos... por ahí también enseñar. Hay épocasen que se hacen muchas películas y eso ayuda mucho. A lo mejor uno agarra cinco o seis y te aseguro que ese año lo salvaste. Pero no es fácil. Primero porque te repetís, segundo porque si hacés una a lo mejor no podés hacer la otra, y tercero porque si te llama tal director a lo mejor no le gusta que trabajes con aquel... eso pasa. O de golpe se estrenan cuatro con música tuya y entonces qué, ¿todas las hizo Serra? Suficiente como para que en las próximas cuatro vos no toques ni una nota. Y no es que uno pueda decir: "bueno, no importa, porque al fin y al cabo en Córdoba, en Mendoza, en Salta y La Patagonia se hacen películas..." No: acá se estrenan todas en el mismo lugar, pasan todas por los mismos laboratorios... basta que vos hagas cuatro para que te digan: "¡Pará, loco! ¿Qué te pasa?. |
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- Argentina es en algunos aspectos un país bastante prejuicioso. ¿Cómo se maneja la dualidad entre el compositor "serio" y el que hace música de cine? No me interesa. Yo voy a Europa y voy como músico electroacústico, y cuando estudié allá lo hice con Pierre Schaefer, así que estaba en la música de avanzada, no en la música de cine. Pero lo que ocurre es que cuando vos afuera contás que haces música de cine, música de teatro y a veces arreglos para cantantes, y que si tenés que escribir para una orquesta también lo hacés, los tipos no lo pueden creer. Porque allá cada una está en su canal y es muy difícil salir, porque los diferente lugares están muy copados. Personalmente, a mí la experiencia con la música de cine me ha enriquecido mucho. Creo que aportó muchas cosas a mi crecimiento como compositor, todo suma. Entonces, a mi no me importa nada, y a quienes hablan con desprecio de la música para cine yo les digo: ojalá ustedes lo pudieran hacer.
- Las críticas más comunes a la música de cine pasan por su eclecticismo y la utilización de un lenguaje reaccionario... Es cierto. El cine es un arte donde la música no es la más contemporánea. Pero los diálogos, la fotografía y la escenografía tampoco lo son. Una película transcurre en una época y en un lugar determinado, hay un contexto del que no te podés olvidar y con el cual la música no puede desentonar. Y acá hay algo que está muy claro: cuando se hace música de cine hay que componer para el 90 por ciento del público. Yo hago una creación de música electroacústica y si van cuarenta, cincuenta o cien personas a ver el concierto por ahí le gusta a la mitad, o menos. Pero cuando hacés una película no podés pensar así. Tenés que pensar que al 90 por ciento le tiene que gustar, y que ese noventa por ciento ni aquí ni ningún lugar del mundo está formado para absorber determinado tipo de música en una película. Por ejemplo: algunos de los trabajos de Torre Nilson con Juan Carlos Paz yo no los puedo entender, para mi no funcionan. En una película no se puede poner cualquier música porque la arruina. Salvo que por momentos quieras generar un clima muy especial. Pero siempre y cuando el espectador no reciba un exceso de información.
- ¿No será que, justamente, a veces se piensa en la música como algo de relleno y no como un canal más de información?. Por supuesto, pero no es fácil encontrar a un director que quiera eso. Leonardo Favio, por ejemplo, tiene un muy buen criterio para trabajar con los diferentes niveles del discurso. Otros directores también... lo que pasa es que tampoco se le puede pedir a todos que tengan oído musical. La mayoría ha escuchado mucha música, saben cuáles son los discos de moda, algunos conocen mucho de música clásica, pero una cosa es escuchar y otra cosa es comprender en la medida en que lo hace un compositor.
- Entonces: ¿se puede hablar de arte en la música de cine? Mirá, lo que a mi me interesa es que el trabajo esté bien hecho. Y esto se aplica a cualquier tipo de música. Eso de la experimentación, de la búsqueda, todo eso está muy bien, pero el resultado tiene que sonar. Y a veces escuchás obras que son una porquería. La música de vanguardia siempre te tiende esas trampas. Pensemos en el concierto para la mano izquierda: seguramente que para Ravel hubo ahí un proceso de experimentación, una búsqueda, y esa obra es una maravilla. Peor la obra suena como suena porque el tipo sabía muy bien lo que estaba haciendo. Aunque parezca mentira, muchas veces la música experimental es el refugio del que no sabe hacer otra cosa, un lugar a donde no se llega por elección sino por incapacidad. Un compositor tiene que saber hacer cualquier tipo de música, es la única forma en que después se puede realmente elegir. Y el gusto juega en esto un papel importantísimo. Si Schönberg inventó la serie bien, fue porque evidentemente lo necesitaba. Eso no significa que yo, como compositor, necesite lo mismo. A Pier Boulez yo lo respeto mucho como teórico de la música, pero su trabajo compositivo no me gusta. Y entonces claro, siempre hay gente que te dice, "pero cómo no te gusta Boulez, no puede ser". Y si, viejo, no me gusta, qué le voy a hacer. Por ahí me gusta Messiaen y no Boulez; en esto no hay verdades absolutas. No se puede vivir preocupado por si lo que uno hace es genial o no, que se yo, por ser mejor que Mozart. No, gracias: soy lo que soy, hago la música que hago. No me preocupa que sea genial, me preocupa que sea un trabajo digno, que suene, me preocupa que transmita lo que quiero decir... me preocupa que esté bien hecha.
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