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Shostakovich y el cine - Por Fernando Pereyra |
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** El cine soviético tuvo en Dmitri Shostakovich a uno de sus más prolíficos y talentosos artistas. Con un total de treinta y cuatro bandas sonoras escritas entre 1929 y 1970, su aporte a la música cinematográfica rusa fue sin duda más numeroso que el de Prokofiev, Kabalevsky, Shebalin o Khachaturian y, sin embargo, dicha faceta de su actividad suele ser injustamente ignorada. Es cierto que gran parte de las películas en las que participó tuvieron escasa o nula repercusión en occidente, y que su nombre no aparece ligado a la figura de un director que se haya preocupado especialmente por la relación entre la música y la imagen, como fue Sergei Eisenstein. Sin embargo, Shostakovich sentía verdadera fascinación por el cine y lo cierto es que su música, muchas veces inspirada en ideas extra musicales y proclive a cambiar de carácter con brusquedad, casi con un criterio de "montaje" (sus sinfonías Nº 11, El año de 1905 y Nº 12, Lenin, fueron descriptas muchas veces como "música para películas imaginarias") encontró en este nuevo medio la manera ideal para canalizarse. Sus primeros contactos con la música de cine se dieron cuando tenía diecisiete años. Para mantener a su familia, el joven Shostakovich tocaba el piano en una sala de proyección, acompañando a las películas mudas. Pero como constantemente interrumpía su tarea para prestar atención a la trama, o bien para festejar las escenas cómicas con estrepitosas carcajadas, el dueño del local acabó no sólo por despedirlo, sino también por prohibirle la entrada. Algunos años más tarde, su primera partitura cinematográfica resultó ser también para una película muda: La nueva babilonia. Dirigida en 1929 por Grigori Kozintsev y Leonid Trauberg, el filme trataba sobre la Comuna de París, con imágenes inspiradas en la obra de pintores franceses como Degas, Manet, Daumier y Renoir. Shostakovich escribió aquí una banda sonora orquestal que, como en todas partes del mundo, sólo sería interpretada en las grandes salas y en circunstancias excepcionales, mientras que en las ciudades pequeñas se vería reemplazada por una adaptación cualquiera. Siguieron después varios títulos, ya dentro del cine sonoro (Solo, Odna, Las colinas de oro, La caída de Berlín), y su reputación como compositor de cine creció a la par que su prestigio en el ámbito de la música académica. A partir de entonces, muchos directores recurrieron a él como una forma de jerarquizar sus filmes. En 1961, su trabajo para Kovanschina obtuvo una nominación al Oscar en la categoría "Mejor adaptación musical". Para 1964 ya había colaborado en treinta y tres producciones y, seis años después, escribió la música incidental para El rey Lear (Kozintsev, 1970), que sería la última de sus bandas sonoras. El cine fue, en definitiva, un gran incentivo para su inspiración. Pero una lectura menos ingenua permite suponer que resultó también una astuta manera de justificarse ante los embates del régimen stalinista. Cabe poner las cosas en perspectiva. Aunque el cine ya había llegado a Rusia a finales del siglo XIX, como privilegio para unos pocos y bajo la atenta supervisión del gobierno, fue con la revolución bolchevique de 1917 que se afianzó definitivamente como espectáculo popular. "De todas las artes, el cine es para nosotros la más importante", afirmaba Lenin en 1922, reconociendo su valor como una de las herramientas más eficaces para comunicarse con el pueblo, en un país donde gran porcentaje de sus habitantes era analfabeto. Y si en 1925 había tan sólo dos mil salas de proyección en todo el territorio ruso, para 1933 el número se había elevado a veinte mil. A diferencia de lo que sucedía en Occidente, el cine no se planteaba en la Unión Soviética como un negocio, sino más bien como un servicio prestado a la comunidad. Para un compositor cuya obra de concierto generaba frecuentemente la irritación de las autoridades, "colaborar" escribiendo para la pantalla grande significaba mantener la balanza en equilibrio. Efectivamente, la música que Shostakovich creaba para el cine, menos compleja y no tan inclinada hacia el formalismo, solía amoldarse a las demandas del realismo socialista y su pretensión de un arte para las masas. Al fin y al cabo, este tipo de música podía, en conjunción con las imágenes, ayudar a reflejar ideales como el coraje, el patriotismo, el heroísmo del pueblo ruso e incluso glorificar a los hombres del partido con una contundencia inigualable. Y mientras Shostakovich se negaba una y otra vez a componer una sinfonía que exaltase la figura de Stalin, no dudaba a la hora de ponerle música a películas como La caída de Berlín (1949), de Mihail Chiaurelli, que mostraba al "gran camarada" como el único artífice de la victoria militar. Someterse a tales condiciones no implicaba para el compositor descuidar la calidad. Por el contrario, Shostakovich tenía un alto concepto de su trabajo en este campo, y aceptaba los encargos con gran interés y expectativa. "La música de cine suele ser considerada como un mero acompañamiento, suplementario de las imágenes. En mi opinión, debe ser juzgada como lo que es: parte integral de un hecho artístico.", manifestaba en 1939. A todas sus bandas sonoras les asignó un número de opus, preocupándose luego por convertir una buena cantidad de estas páginas en suites de concierto. Lamentablemente, y a pesar los méritos indudables y la gran popularidad que alcanzaron en su momento, dichas partituras no lograron ingresar con facilidad al repertorio orquestal de occidente, y recién en los últimos años comenzaron a grabarse en CD (ver discografía). Y si bien el oyente puede estar en cierta medida familiarizado con la música para El tábano (que está bastante difundida y cuya romanza se convirtió, además, en el tema principal de la serie televisiva Reilly, as de espías) o para Hamlet (dado que la película cosechó elogios más allá de las fronteras rusas), difícilmente haya tenido la oportunidad de escuchar en vivo las suites para La nueva babilonia o El rey Lear, que se daban por perdidas hasta no hace mucho. En ocasiones dramática, otras veces graciosa o grotesca, pero de gran fuerza expresiva y una irreprochable factura técnica, la música que Shostakovich compuso para el cine ruso merece un lugar en la lista de bandas sonoras escritas, en otras latitudes, por artistas como William Walton, Arthur Honneger o Aaron Copland. Quienes a partir de aquí decidan incursionar en esta parte de su producción, descubrirán que no tiene nada que envidiarle a ninguna de ellas.
Discografía: -La nueva Babilonia (1929)/Las colinas de oro (1931) - Russian Disc RDCD11064-La nueva Babilonia (1929)/Cinco días, cinco noches (1960) - Capriccio 10 341/42-Odna (1930) - Capriccio 10 562-Las colinas de oro (1931)/Trilogía sobre Maxim (1961) - Capriccio 10 561-Zoya (1944)/El joven guardia (1948) - Russian Disc RDCD10002-Zoya (1944)/La caída de Berlín (1949) - Capriccio 10 405-Pirogov (1947)/El tábano (1955) - RCA 6603-2-RC-El tábano (1955) - CfP CD-CFP4463-El tábano (1955)/Hamlet (1964) - Capriccio 10 298-Rey Lear (1970) - RCA RD87763-Rey Lear (1970) - Capriccio 10 397-Shostakovich film scores (compilación) - Citadel CTD 88129-Movie madnes (compilación) - Capriccio 10 822 |
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