Evita - Por Fernando Pereyra y Sergio Pineau

 

Música compuesta y dirigida por: ****** Andrew L. Weber

Warner Bros. ****** 9362-6346-2 (2 Cds)

Duración: 108'47"

Edición 1997

Calificación: C C

 

* Hace aproximadamente un cuarto de siglo que Andrew Lloyd Weber recurre más o menos al mismo planteo estético: jugar con los límites del eclecticismo. Y si bien es cierto que este carnaval de estilos en que deriva buena parte de sus creaciones (incluso aquellas supuestamente ambiciosas, como Réquiem) puede resultar a veces justificado y efectivo (como en Cats), muchas otras se convierte sólo en un conjunto de temas que reniegan de cualquier contexto integrador.

Esta última sensación es la que prevalece al escuchar Evita, la banda de sonido del polémico film de Alan Parker, donde la reiterada utilización de ciertos giros e ideas melódicas no alcanza para contrarrestar la falta de unidad: es como si Weber se hubiera preocupado más por el punch individual de cada escena (y a veces hasta de fragmentos específicos), que por buscar una atmósfera adecuada para la película.

En la partitura hay un poco de rock, pop, música sinfónica, jazz, bolero, music hall, e incluso tango, y en demasiados momentos de la obra estos géneros pugnan entre sí, debido a que Weber privilegia un criterio de yuxtaposición a la idea de generar un lenguaje lógico y particular que asimile todos estos ingredientes (No es imposible lograrlo: las partituras de Alan Menken para las últimas producciones animadas de Disney son una clara evidencia de esto).

Así, Eva and Magaldi / Eva Beware of the City, muy en el estilo de series como Fama, es seguido por Buenos Aires, un curioso tema de sabor caribeño, y precedido por un tango (On This Night of a Thousands Stars) que además de ser bastante insulso está cantado en inglés, un detalle que a los iodos argentinos resulta por lo menos gracioso.

Tras esta pieza irrumpe Another Suitcase in Another hall, una balada sin pretensiones, y luego de ella una canción arquetípicamente Lloyd Weber: Goodnigth and Thank You, donde los timbres de la orquesta sinfónica se combinan con ritmos de inspiración popular. Después nos encontramos con The Lady´s Got Potential, un rock and roll divertido pero pasado de moda. El paroxismo de esta situación se da en Oh, What a Circus, donde el compositor salta de género a otros con absoluta arbitrariedad.

Por supuesto, esta falta de solidez formal no significa que la obra se merezca el peor de los calificativos: Lloyd Weber es un compositor con la experiencia y el oficio necesarios como para producir siempre material aceptable. En rigor, la mayoría de las canciones suenan bien y están interpretadas decentemente.

Es bueno subrayar lo de Antonio Banderas en el papel de Che: se defiende mucho mejor de lo que cabría esperar, sobre todo teniendo en cuenta sus antecedentes en La balada para un pistolero (Desperado, Roberto Rodríguez- 1995), por ejemplo. Madonna, en cambio, si bien hace lo suyo de manera correcta, resulta irremediablemente eclipsada por la labor de Elaine Paige en la versión original.

Algunos de los momentos de mayor interés son los pasajes corales de Requiem for Evita, la superposición de fragmentos del audio de la película en On The Balcón of The Casa Rosada (1 y 2), un recurso que suele usarse gratuitamente pero que aquí resulta muy eficaz; la tensa introducción en The Actress Hasn´t Learned The Lines, y la canción ganadora del Oscar: You Must Love Me, bella y de carácter intimista, un buen track pese a su innegable oportunismo.

Mención aparte merece la magnífica sección instrumental en Buenos Aires, un tema criticado por casi todos los ofendidos colegas que escribieron al respecto. Incluso, algunos señalaron que el original era más rockero (?) y más digno, como si el rock fuese más representativo de la ciudad y de la época, que un arreglo con aires centroamericanos.

Evita resulta un trabajo que seguramente gustará a los incondicionales de Lloyd Weber, que tal vez guste a los incondicionales de Madonna, pero de difícil aceptación entre quienes piensen que la música de cine tiene sus propias reglas y que, al fin y al cabo, Hollywood no es Broadway.

 

 

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