Música compuesta por
ROQUE BAÑOS
Interpretada por
ORQUESTA PRO ART
DE LONDRES
Filmax Records
FML 0115
19 Tracks - 62:45 min.
Edición: 2007
Calificación: C
C C C


( otros
discos )
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La Caja
Kovak
por Daniel Monzón (¡el director en persona!)
La banda sonora que Roque Baños ha compuesto para
La Caja Kovak es, sencillamente, excepcional. Y es fácil de demostrar, pues no tienes más que hacer sonar el disco y dejarte llevar por su invitación al misterio, sumergirte en su hipnótico, desasosegante, irresistible clima de intriga. Teniendo
cuidado, eso sí, de no quedar atrapado, como los protagonistas de esa historia, en un endiablado laberinto sin otra salida que la muerte…
El bellísimo tema principal (“Titles”) sumerge al espectador de manera delicada y creciente en el misterio. Como ese ratoncillo de laboratorio que corretea perdido por los pasillos del laberinto infinito de los títulos de crédito, la música juega de la misma forma sinuosa con el
ánimo. Al galope de su obstinato de arpa, contagia a la película de un halo romántico que se constituirá en su esencia.
El tema de Silvia (“Silvia’s Look”) es la expresión de un anhelo, de una añoranza que embarga a la protagonista y que la película terminará por revelar. Lejos de un sentimentalismo blando (nada más alejado del carácter fuerte y rebelde del personaje) el tema juega con una breve melodía de piano, con leve base cuerda, de sabor atonal muy americano, cuya carga emotiva apunta hacia la melancolía y el desasosiego.
El inicio reposado del tercer tema (“David’s Lost Love”) es el único momento de romanticismo “clásico”, dulce y luminoso que se permite la música… y la película. Será, sin embargo, prontamente interrumpido por unas inquietantes notas de cuerda, que establecen un giro, sin posible marcha atrás, hacia el misterio, la angustia y la oscuridad.
Embarcados ya en el sentimiento de paranoia de la trama y tras un frustrado intento de suicidio que ella no recuerda haber cometido, Silvia huye del hospital en el que está recluida
(“Silvia’s Escape”). Mientras, David ha de asumir el enigma que significa la inexplicable muerte de su prometida. La sutilidad con que la música acomete ambos pasajes es primorosa, atenta a los miedos internos de los personajes, distinguiendo sus diferentes estados de ánimo, pero ligando ya de algún modo, a través del tono, sus destinos que pronto se verán unidos.
Desde la aterrada perspectiva de Silvia, asistimos al ataque del que es víctima en la habitación de su hotel
(”You Are Already Dead”). La música planea sobre el cuarto y sobre la angustia de la chica, entre unos alucinados y surreales toques de
litófono (instrumento solista que tendrá mucho que decir a lo largo de la banda sonora), intensificando así la extrañeza de una más que desconcertante amenaza.
Una elegante pieza, asentada en ese obstinato de arpa que forma parte ya indisociable de la atmósfera desde los créditos, irá relacionando los destinos cruzados de Silvia y David en el aeropuerto
(“Meeting at the Airport”) hasta un inevitable y dramático encuentro, tras un tenso
crescendo musical. La conclusión de la pieza, con esas dos poderosas frases en las que la cuerda contesta al metal, es la confrontación de la ansiada unión de los dos personajes.
Tras una introducción que describe la llegada de David y Silvia al pub “El Sombrerero Loco” (presidido por la efigie del inmortal personaje de Lewis Carroll), entra en escena una cuerda luctuosa, grave, siniestra y sombría
(“The Misterious Man”). Tan siniestra y sombría como la propia presencia, a pesar de su apariencia tierna y quebradiza, del amenazador monstruo de esta historia.
Tras la cadencia pausada de las anteriores secuencias de diálogo y su consecuente reposado tiempo musical, un repentino pico de acción, narrativa y melódica, dispara los ánimos a excitantes niveles de adrenalina
(“Ride at the Highway”). Ritmo no significa mantenerse siempre en alto, sino conseguir una buena curva de dinámica. Entran en escena la percusión y el cristal (el ya mencionado
litófono), éste último describiendo con sus sonidos de ultratumba el alucinado arranque de violencia de Silvia contra sí misma.
Tras la tempestad viene la calma… o al menos, aparentemente. El arpa, la cuerda y el piano se alían en este lúgubre conjunto de secuencias en la morgue. Silvia reconoce al hombre que la atacó en el hotel y David encuentra una extraña cicatriz en el cadáver de su novia
(“The Chip in the Neck”). Todo ello impulsa la trama y la música otra vez al movimiento. La presencia del
litófono es cada vez mayor. No en vano, el cristal se adopta como metáfora sonora del estado alucinado de los personajes en pleno “ataque de suicidio”.
De nuevo el tema central, esta vez interpretado por un piano solitario, sirve para dotar a
la inesperada confesión de una tristeza y patetismo conmovedores (“Dead of Jaume”). Le sigue un turbulento lamento de cuerda, cada vez más irrespirable, al que se suma una desestructurada y aguda melodía de piano y la fustigante presencia del cristal, que nos golpea con uno de los momentos de horror más crudos de la película.
El tema de Silvia que escuchamos en el segundo corte, ese anhelo sentimental de la protagonista, se tiñe de auténtica desesperanza tras el truculento episodio vivido en casa de Jaume. Ante la consciencia de una muerte más que inminente, Silvia deja entrever a David su angustia y sus carencias emocionales. Piano y cuerda para uno de los momentos más íntimos de esta pareja sin futuro
(“Trust Me”). El corte incluye también los hallazgos de David sobre lo que está pasando y culmina, justo después de la frase de una trompeta lejana, con uno de los pasajes musicales más líricos de la película, el viaje en lancha al amanecer.
Forzado por su Némesis a asumir el papel del héroe a su pesar, David tiene un momento de iluminación. Un tema de ecos oníricos
(“The Passenger List”), con ese celesta y violín venidos como de otro mundo, ilustra la revelación de David en que sus recuerdos, su imaginación visionaria de escritor y hasta puede que el fantasma de su prometida, se alían para hacerle encontrar una posible salida. La acción y el suspenso entran en escena, mientras David trata de convertirse en el héroe que se espera de él y la música lo acompaña.
El montaje paralelo entre las acciones de Silvia en las Cuevas del Infierno y el vertiginoso viaje de David a la busca de una solución para la inminente tragedia es encadenado por la música, con minucioso detalle, en una pieza sinfónica
(“The Caves of Hell”) que alterna la oscuridad, la humedad y el ambiente amenazador de las cavernas con la excitación de la acción exterior. Los rítmicos motivos de acción que escuchamos anteriormente reaparecen aquí, extrayendo del juego de contrastes una vibrante pieza musical de suspenso.
El tema de Silvia cierra la silenciosa, imposible, pero no por ello menos emocionante historia
de amor de La Caja Kovak (“Farewell”). Es probable que sólo haya sucedido en el alma de su protagonista femenina, pero por fin, de alguna manera, ese anhelo ha conocido algo parecido a una
respuesta...
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