Eragon
por Fernando Pereyra
Los universos fantásticos siempre fueron excelente punto de partida para una gran partitura. Héroes legendarios, princesas encantadas, dioses, magos, criaturas sobrenaturales, paisajes exóticos y aventuras tan románticas como peligrosas han inspirado a compositores de todas las épocas.
El cine, con su capacidad para dar vida a estas historias de una manera verosímil (al menos desde lo visual), ha inspirado a su vez una buena cantidad de bandas sonoras de gran riqueza melódica, espectaculares orquestaciones y variadas texturas dramáticas y melodramáticas. Se trata, en definitiva, de un género que en las manos de un compositor imaginativo supondrá el seguro deleite del aficionado a la música de cine.
Eragon, la película, está basada en el primer libro de la trilogía
"El Legado", escrita por el joven Christopher Paolini. El argumento narra las aventuras de un adolescente en un mundo de dragones, espadas, magia y fuerzas sobrenaturales, y constituye la segunda incursión del compositor Patrick Doyle en esta clase de historias fantásticas después de
Harry Potter y el Cádiz de Fuego. Pero a diferencia de aquella, donde tenía a su disposición el legado de John Williams, aquí Doyle tuvo que hacer todo el trabajo desde cero, comenzando por la creación de un tema principal.
Su tema para Eragon está ciertamente logrado. Es épico, es noble, tiene la dosis justa de romanticismo e ingenuidad y goza
de un exultante carácter aventurero. El
track 1 del disco lo presenta en todo el esplendor de la orquesta, con la melodía a cargo de cuerdas y trompetas, sostenidas por acordes en los cornos y una galopante figuración rítmica de tambores. Esta pieza resulta ser la piedra angular sobre la que Doyle construye toda su composición, o al menos todo lo que de ella puede apreciarse en la edición discográfica.
En efecto, en lo que a material temático se refiere, no hay otra idea que complemente o se contraponga al tema principal. Su presencia a lo largo de la banda sonora será entonces casi excluyente, pudiéndoselo escuchar varias veces tanto en su forma original como filtrado a través de diversos procedimientos compositivos.
Así, “Roran Leaves” nos depara una bella variación con diversos cambios armónicos en modo menor que le aportan un tono triste y emotivo, mientras que en “Ra’zag” prevalece un clima más trágico y amenazante. En cambio, “Fortune Teller” pone de manifiesto las cualidades místicas del tema, como así también su capacidad para funcionar adecuadamente en un contexto agresivo de acción y batalla.
Pero semejante trabajo de recontextualización del material, con todo lo que tiene de respetable y admirable en el campo de las ideas abstractas, sufre sin embargo de algunos problemas en lo que respecta a su realización práctica.
Por un lado, porque a falta de otros temas que sirvan de contrapeso, Doyle no logra vencer una homogeneidad melódica que ronda peligrosamente la repetición, lo cual le resta bastante interés narrativo a la música. Por el otro, porque las orquestaciones ofrecen una llamativa pobreza en cuanto a la variedad de texturas puestas en juego. La combinación de cuerdas y bronces domina demasiado, relegando a las maderas a un mero relleno armónico que casi no se escucha o bien a breves momentos solistas sobre colchones de cuerdas.
Todo esto, sumado a la ausencia
de virtuosismo en la escritura (que se echa de menos especialmente en las anodinas secuencias de acción, cuya simpleza
en partes recuerda al estilo explotado por Hans Zimmer), da como resultado un trabajo bastante
predecible, circunstancia rara dada la calidad a la que nos tiene
acostumbrados el compositor.
Patrick Doyle entrega así para Eragon
una partitura que, si bien alcanza a cumplir las expectativas mínimas, está bastante lejos de alcanzar las más altas metas impuestas por muchas otras composiciones del género. Lo que demuestra (y en este caso por partida doble) que hay veces en que un excelente punto de partida no nos lleva a
buen
puerto.