Música compuesta por
MARCO BELTRAMI
Varése Sarabande
302 066 736 2
21 Tracks - 54:05 min.
Edición: 2006
Calificación: C
C



( otros
discos )
|
The
Omen 2006
por Fernando Pereyra
“Si está roto, no lo arregles”, dice el refrán. Y esto fue lo que pensó Marco Beltrami en primera instancia, antes de escribir el score para esta fallida
remake. Al fin y al cabo, la contribución de Jerry Goldsmith para el film original no sólo había ganado un Oscar en 1976, sino que es una de sus obra maestras indiscutidas. ¿Para que, entonces, inventar algo nuevo?
Pero tras unos segundos de duda, el joven compositor decidió que ésta podría ser una excelente oportunidad para rendir tributo a su antiguo maestro. Y en vez de limitarse a un trabajo de adaptación y re-orquestación de las composiciones de Goldsmith,
Beltrami asumió el riesgo de aportarle a esta película una banda sonora de su propia cosecha.
Así como, en el cuento de Borges, Pierre Menard se imponía la heroica misión de re-escribir
El Quijote, así Beltrami asumió un desafío no menos quijotesco: componer una partitura que, sin traicionar el espíritu del original, utilizara creativamente los mismos recursos para impactar en la audiencia moderna de manera similar a como lo hiciera el legendario trabajo de Goldsmith veinte años antes.
Si pudo lograrlo o no, es cuestión opinable y lo dejaremos para el final. Comencemos diciendo, en cambio, que el aficionado que conozca bien la partitura para el film de Richard Donner encontrará, esparcidos aquí y allá, muchos momentos familiares. Porque uno de los recursos más explotados por Beltrami en su score es la estimulación de la memoria auditiva. Y no hablamos aquí solamente de la cita melódica, que aunque utilizada, representa apenas uno de los procedimientos puestos en juego. Sino más bien de un trabajo muy puntilloso sobre la instrumentación, las armonías, la re-contextualización del material… una serie de detalles que buscan operar en el oyente a la manera de un eco, de una
resonancia de la partitura de Goldsmith.
El disco abre con el prometedor “The Omen Main Titles” que, tras amenazadores acordes capitaneados por el clarinete bajo y un enigmático motivo de cuatro notas descendente presentado por la celesta y las maderas, da paso a un atractivo
ostinato, visceral y percusivo, que comienza en las cuerdas y se extiende a toda la orquesta. Hacia el final, ominosos susurros representan la única intervención coral de la pieza.
La escasa y discreta participación de las voces humanas en este primer track anticipa el papel que las mismas tendrán en el resto de la banda sonora, lo cual marca la primera diferencia notable con el trabajo de Goldsmith, cuya efectividad estaba muy afianzada en la espectacular utilización del coro. Y como si esto fuera poco, otra diferencia apreciable puede hallarse en el carácter de la música, más inclinado hacia el misterio y el suspenso que hacia el terror.
Las explosiones de salvaje frenesí, que constituían otra de las más atractivas cualidades de la
composición original (en tracks como “Killer’s Storm”, “The Demise of Mrs. Baylock” o “The Dog’s Attack”), se presentan aquí en dosis tan esporádicas y diluidas que resultan casi inocuas. Pistas como “Damien’s Tantrum”, “More Tantrums” o “Dogs in the Cemethery” apenas alcanzan a despejar al oyente del letargo general en el que se ve sumergido por la música de Beltrami, y no es sino hasta “Altar of Sacrifice” (track 17 de los 20 en que se organiza el disco) que las fuerzas demoníacas parecieran conjurarse verdaderamente por primera vez.
Más suerte hubo en la reconstrucción de los climas inocentes e infantiles que se corresponden con el niño Damián y las escenas de la familia, tratadas con delicadeza y austeridad, casi en una línea camarística y siguiendo de cerca los modelos impuestos por Goldsmith. Aunque poco consuelo puede esto representar considerando que estamos ante un trabajo que debería brillar por la contundencia de sus emociones
fuertes.
Con empeño, rigor y buenas dosis de especulación, Marco Beltrami nos ofrece una sutil partitura que sin embargo falla en lo más importante: convencernos (aunque sea por los 54 minutos que dura el disco) de que el Diablo existe. En algún momento de su laboriosa alquimia, el compositor olvidó que la sangre no sólo resultaba un elemento imprescindible para la mezcla, sino que era el más importante. Difícil de creer viniendo de alguien que ha deparado a los coleccionistas más de un momento espeluznante en bandas sonoras, como
Blade II, Hellboy y tantas otras.
El disco concluye con “Omen 76/06”, en el que se recuperan, en nuevos arreglos, algunos de los temas originales de Goldsmith, como “Ave Satani” y “Killer’s Storm”. Un bienvenido ejercicio de nostalgia que nos arrastra, sin embargo, al lugar común de pensar que todo tiempo pasado fue
mejor.
|